Capítulo 2

04/09/2026

—Hoy sí habrá luna llena…

Se paró bruscamente, el aire frío de la noche la golpeó.

—Espera —dijo, volteándose hacia él.

Sus piernas temblaban.

—Espera un maldito segundo, ¿¡vienes a este bosque solo, buscando eso!? ¿Y me lo dices ahora? —exclamó aterrada—. ¡Además que justo hoy sí hay luna llena!

Se llevó las manos a la cabeza.

—Esto debe ser una puta locura… —dijo más para ella que para Mike. Mientras sus dedos se enredaban en su cabello sucio, una risa corta, histérica, se le escapó de los labios.

—Genial… ¡Perfecto! Mi novio me abandona en el bosque encantado, ¡y mi salvador resulta ser un cazador de fantasmas que busca licántropos!

Se volvió hacia él, sus ojos verdes brillando con una mezcla de pánico y furia.

—¿Tienes al menos una bala de plata, Mike? ¿O solo cámaras para grabar cómo nos devoran?

—¿Cómo nos devorarán? ¿Por qué? —preguntó confundido Mike, mientras escarbaba la fogata.

Val lo miró fijamente. La confusión en su voz era tan genuina que por un segundo le dio vértigo. ¿De verdad no lo veía?

—“¿Por qué?” —Su voz se crispó al repetir sus palabras—. ¡Porque estás aquí buscándolo Mike! Poniéndote en su camino. O poniendo una cámara en su camino, lo que sea.

Hizo un gesto amplio y tembloroso hacia la oscuridad.

—Si esa cosa existe, si siente que le estás buscando, ¿no crees que vendría a ver qué pasa? ¿A investigar al investigador?

Se acercó unos pasos, sus botas aplastaron la hierba seca. El fuego de la fogata iluminaba su rostro desde abajo, proyectando sombras extrañas.

—Yo solo estaba perdida. Asustada, sí, pero pasiva. Un accidente. Tú… tú eres un objetivo. Tienes tu propósito aquí. Y esa luna…

Su mirada se fue de nuevo hacia el cielo, buscando inútilmente entre las ramas.

—Dices que es luna llena. La noche está por caer. ¡En todas las historias ellos salen con esta luna! ¿Y tú estás aquí, en su territorio, con una mochila y solo tu curiosidad?

Se cruzó de brazos, apretándolos contra su cuerpo como si pudiera contener el temblor interno.

—Atraes la atención. Como encender una fogata en medio de la nada. Todo lo que merodea en la oscuridad podrá ver esa luz, y vendrá. ¡Claro que vendrá!

Val tragó saliva, miró ahora con recelo la fogata, conteniendo sus ganas de apagarla a patadas.

—Y ahora yo estoy aquí contigo, ¡junto a esta maldita cosa!

“Creo entender por qué la dejaron”, pensó Mike.

—Bueno, perdón por salvarte entonces, supongo que quieres volver a ese bosque sola —dijo Mike, bajando la mirada.

—¡No, claro que no!

La palabra salió de sus labios antes de que pudiera pensarlo. Un sonido corto, seco, cargado de pánico puro. Su mirada saltó por encima del hombro de Mike, hacia la pared negra de árboles que los rodeaba. La oscuridad ya no sugería hombres lobo; prometía una soledad absoluta, devoradora. El mismo vacío silencioso en el que había estado vagando durante días, pero ahora con el conocimiento agudo de que algo más podía estar al acecho.

—No —repitió, sonando más desesperada. Bajó los brazos que tenía cruzados defensivamente. El gesto era de rendición, no de desafío.

—No quiero volver a estar ahí sola.

Se mordió el labio inferior, saboreando el sudor salado y el miedo. La lógica del terror era simple: cualquier compañía era mejor que ninguna. Incluso la compañía de un youtuber imprudente que podía estar pintando un objetivo en sus espaldas.

—Lo siento —dijo, arrastrando las palabras. No miraba sus ojos. Miraba el fuego, la olla vacía de estofado, la carpa pequeña pero tangible. Cosas reales.

—Tienes razón. Me salvaste. Y yo… estoy asustada. De todo. Del bosque, de la luna, de tu historia, de que mi novio fuera un imbécil…

Finalmente alzó la vista hacia el cielo, y luego hacia él.

—Y que ahora te vayas y me dejes.

Hizo una pausa tragando saliva. El temblor de sus manos era visible.

—Quedémonos juntos, por favor. Aunque sea una mala idea. Aunque atraigas a monstruos a este lugar.

Un atisbo de ironía seca regresó teñida de desesperación.

—Al menos si viene uno, habrá dos de nosotros para gritar…

—Vamos, Val. Creo que Hollywood te ha dado una idea equivocada de los hombres lobos. Ven siéntate.

El tono de Mike era diferente. Más suave, no era un desafío, era una invitación. Val dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Sus hombros se hundieron un poco, la tensión escapando de sus músculos en un lento goteo.

—Quizás —murmuró, caminando de vuelta hacia el círculo de fuego. Sus pasos eran pesados sobre la hierba seca.

El calor del fuego golpeó las piernas primero, luego el rostro, una bienvenida casi dolorosa. Se sentó en el suelo, no en el tronco, dejando un pequeño espacio entre ella y Mike. Envolvió sus brazos alrededor de sus rodillas, haciendo una bola compacta.

—Pero si no son como en las películas, entonces, ¿cómo son? —dijo con la voz baja enterrando su mandíbula en su pecho.

Miró el fuego, las llamas se reflejaban en sus ojos.

—¿Qué había en ese video?

Se estremeció, pero no por el frío. Era la idea de una evidencia concreta, de algo capturado en píxeles que no podía negarse fácilmente. Prefería el miedo vago a un miedo con forma definida.

—¿Era solo un borrón? ¿Una sombra? ¿O se veía… real? —preguntó, sin poder evitarlo. Su curiosidad era una picazón bajo la piel, rivalizando con el miedo.

—Porque si es real, Mike, entonces da igual cómo sea. Solo importa que está aquí…

Se volvió ligeramente hacia él, su mejilla apoyada en sus rodillas. El cansancio le pesaba en los párpados, haciéndolos pesados.

—Y si está aquí, y tú lo buscas… entonces tienes razón. Quizás yo soy la que tiene una idea equivocada.

Un suspiro tembloroso se le escapó.

—La idea equivocada era pensar que este bosque era solo un bosque más… Sin embargo, esta es una oportunidad de oro, Val… Un video así, que muestre verdaderamente a una de estas criaturas nos podría hacer ganar una buena pasta. Claro, suponiendo que el rumor fuera real.

Mike permaneció de pie mirando el horizonte. Luego consultó su reloj y continuó:

—Bien, mira, aún falta alrededor de una hora para que salga la luna llena. Hay dos cosas importantes que debes saber sobre estas criaturas.

“¿Una buena pasta?”. Val repitió las palabras en su mente. No sonaban reales. Sonaban a algo de otro mundo, un mundo de pantallas y likes, no de bosques húmedos y miedo visceral. Lo miró. La luz del fuego bailaba en sus ojos, pero no era el reflejo del consuelo de antes; era el brillo de alguien viendo una oportunidad.

—¿Dinero? —preguntó incrédula. Su voz sonó plana, gastada—. ¿Estás pensando en dinero? ¿Ahora?

Un temblor le recorrió la espalda, pero esta vez no fue por el hombre lobo. Fue por la desconexión. Ella estaba aquí, con el sabor del estofado atascado en su garganta, la memoria de la soledad aún fresca en sus huesos. Y él hablaba de viralizarse. Val miró hacia el dosel negro sobre los árboles, la luna estaba allí en alguna parte, a punto de aparecer. Se apretó más fuerte las rodillas contra el pecho. La tela áspera del traje le rozaba la barbilla.

—¿Qué son esas dos cosas importantes? —dijo, repitiendo sus palabras. Una parte de ella quería taparse los oídos, gritar que no quería saberlo. Otra parte, más pequeña y fría, se inclinó hacia adelante, inevitablemente atraída. El conocimiento era un arma envenenada.

—¿Cosas que los hacen más fáciles de filmar? ¿O cosas con las que podemos sobrevivir?

Mike rio fuerte, con sus ojos entrecerrados. Y secándose una lágrima respondió:

—¿Sobrevivir? ¿Tan patético me veo? Ja, ja, ja. Voy a atrapar a ese bicho Val. Así que escucha, escucha bien.

La risa de Mike resonó en el claro, un sonido áspero que ahogó el crepitar del fuego por un momento. No era la risa cálida de antes. Tenía un borde afilado.

Val lo miró aterrada. La luz de las llamas dibujaba líneas duras en su rostro. “ATRAPAR”, las palabras flotaban en el aire entre ellos, pesadas y absurdas para ella.

—No, no te veo débil —dijo, y su voz sonó extrañamente plana, como si viniera de lejos—. Te veo… equivocado.

Se apretó más fuerte las rodillas. El cuero de sus botas crujió. El estómago se le encogió, no por hambre, sino por una comprensión fría y súbita. Él no estaba aquí para refugiarse. Estaba aquí para cazar. Y ella, sin quererlo, se había convertido en su compañera de caza. O peor aún, en su cebo.

—¿Atrapar eh? —repitió como saboreando la locura de la palabra—. ¿Con qué? ¿Con tus manos? ¿Con una cámara? ¿Es siquiera posible hacer algo así?

Un temblor le recorrió los brazos.

—Mike, si esa cosa es real, no será un simple bicho. Será un depredador con garras y dientes enormes… Y nosotros, solo… seremos un blanco fácil aquí junto a la fogata.

Miró hacia la oscuridad. Ahora cada sombra parecía contener una forma agazapada y amenazante. La luna era aún invisible, pero sabía que podría aparecer en cualquier momento.

—Está bien… Escucho —susurró finalmente, sin mirarlo. Sus dedos se enredaron en su pelo sucio y enmarañado—. Pero no porque crea que puedas atrapar nada. Escucho porque… no tengo donde ir. Así que dime tus dos cosas importantes antes de que la luna salga y decida por nosotros.

—Antes de decirte las dos cosas hay algo que debo aclarar. Bueno, entiendo que estés nerviosa y asustada. Supongo que es lo normal, sobre todo después de pasar por la canallada que te hizo tu novio y vagar sola por aquí durante días. Pero seré franco, si no te hubiera encontrado dudo que hubieras salido de este bosque en una pieza.

Val miró el piso, sintió vergüenza. Mike sacó un cigarrillo y lo encendió. Fumó una larga bocanada antes de continuar.

—Pero ahora nuestras opciones son diferentes, Val. Te prometo. No. Te juro que te sacaré de aquí a salvo.

Mike comenzó a moverse y recoger cosas.

—Dicho eso, es momento de presentarme como se debe. Soy Michael Dymon, es cierto que soy youtuber, tengo un canal más o menos nuevo con un poco más de cinco mil suscriptores. 26 años, Leo. Me dedico a filmar criaturas extrañas, y mostrárselas a la gente. No es como si fuera un novato en esto. He grabado al chupacabras, una muñeca maldita en Philadelphia y una tribu caníbal en el Amazonas.

Mike se acercó a Val y le miró directo a los ojos.

—El miedo, Val, nace de lo desconocido. Por tanto, la preparación previa antes de una contienda, lo es todo. El olor a tabaco quemado se mezcló con el humo de la leña y la tierra húmeda. Val observó cómo el cigarrillo brillaba en la oscuridad cuando Mike inhalaba. Sus palabras habían sido como capas: una de condescendencia, otra de juramento, otra de currículum.

—“Michael Dymon” —repitió ella, el nombre sonando extraño en su boca. Leo, cinco mil suscriptores. Chupacabras… El humo del cigarro se arremolinó entre ellos antes de que la brisa nocturna lo arrastrara.

—Un juramento es algo grande Michael Dymon —dijo en voz baja. Miró al fuego, no a él. —Más grande que una promesa. Espero que lo recuerdes cuando… cuando sea que esa cosa venga…

—Tu experiencia… —continuó, eligiendo las palabras con cuidado— Te hace sentir preparado, pero ¿si lo que hay aquí no es algo tan simple? Dices que el miedo no existe en quien se prepara—Tragó saliva, el nudo en su estómago no se había deshecho.

—Pero yo no estoy preparada para algo así, tengo miedo Mike, mucho. No me queda más que aceptar tu juramento. Y decirte, encantada. Soy Valeria Thompson. Y ahora, cuáles son esas dos cosas que decías.

Mike le estrechó la mano. Luego volvió a sacar su cajetilla de cigarros.

—Qué impaciente, Val. ¿No quieres un cigarro?

El cigarro estaba extendido hacia ella, un cilindro blanco contra la oscuridad de sus dedos. El olor a tabaco sin quemar, dulzón y seco, le llegó a la nariz, mezclándose con el aroma a tierra y humo de leña.

Val miró el cigarro, luego la cara de Mike. La luz del fuego iba decayendo, haciendo un juego con sus rasgos. Por un momento, todo pareció detenerse: el miedo a lo sobrenatural, la cuenta regresiva de la luna, el juramento. Solo existían dos personas cansadas junto a la débil fogata.

Finalmente, Val negó con la cabeza.

—No fumo —dijo, y su voz sonó ronca. Se aclaró la garganta. Estaba seca como el polvo—. Pero gracias.

Su estómago gruñó, un sonido bajo y vergonzoso que el crepitar del fuego apenas cubrió. No era hambre de estofado, era un vacío nervioso.

—No es impaciencia, Mike, es… el silencio. El saber que algo viene y no poder hacer nada más que esperar. Hablar de ello al menos llena el silencio.

Abrió los ojos. Él seguía sosteniendo el cigarro.

—Pero tranquilo, tú fuma, luego dices esas dos cosas.

—Mira, hay un montón de literatura sobre los hombres lobos. Ya sabes: que tienen fuerza sobrehumana, una agilidad tremenda, se transforman con la luna llena, son débiles a la plata, y una larga lista de etcéteras. Pero te puedo asegurar que esa cosa, al menos en el video que vi, no se veía como un simple therian.

Val era ajena al concepto, así que ladeó la cabeza en señal de confusión.

—Como sea, la cosa es, que tampoco es como que no se pueda hacer nada al respecto. Verás, ellos pierden parte de la racionalidad humana al transformarse, sus sentidos se agudizan: pueden verte mejor, olerte en cualquier parte a kilómetros. Esa arma es un arma de doble filo, porque hay ciertos olores que no soportan, como el olor a vainilla, el olor a vinagre y el humo. Sobre todo, el del tabaco —dijo Mike, agudizando su vista en señal del ademán hecho por Val de cubrirse la nariz con el reverso de su palma ante el humo del cigarrillo que comenzaba a esparcirse.

—Además, te daré esto —continuó.

Mike sacó un pequeño aparato plástico de su bolsillo y lo puso entre las manos de Val.

—Es un ahuyentador, genera un ultrasonido que se les hace insoportable y doloroso. Generalmente huirían. Val miró el aparato dándole vuelta entre sus dedos, tan solo tenía un orificio radial por el que salía el sonido, y un botón en el otro extremo.

—Bueno, ahora lo segundo. Es sobre la forma en la que lo atraparemos.

—¿Esto funciona?

Alzó la vista hacia Mike, su rostro estaba serio, los ojos fijos en ella como midiendo su reacción. El cigarro colgaba olvidado entre sus dedos.

—¿Y la vainilla, el vinagre o el humo? ¿Cosas de cocina?

No eran balas de plata… ¡eran condimentos!

—¿Y si a este hombre lobo le gusta el olor a humo? Estamos en medio de uno.

El estómago de Val se revolvió. Si las bestias perdían parte de su racionalidad entonces era inútil intentar razonar con uno. No podías suplicar, solo eras una presa.

—Mejor dime lo segundo, la forma en que quieres atraparlo —dijo apretando el ahuyentador en su palma, tan fuerte que los bordes le hicieron mella en la piel.

—La forma de atraparlo es lo que importa ¿no? Todo lo demás es pura distracción —intuyó Val y se inclinó sobre la fogata. El calor del fuego casi le chamuscaba las puntas del cabello.

—Dime cuál es el plan y qué tengo que hacer yo —añadió. Su voz no tembló esta vez. Sonó plana, resignada a escuchar lo peor.

—Cuando te encontré aquí, ¿recuerdas lo que me dijiste? “Haré lo que sea”. Bien, afortunadamente llevas dos días sin bañarte… Te nombré las cosas que los ahuyentan, ahora te diré las cosas que los atraen: Tu olor.

El aire se le atascó en la garganta. Val miró la mano que sostenía el ahuyentador. Los nudillos estaban blancos de tanto apretar. Luego, lentamente alzó la vista hacia Mike. El fuego iluminaba la mitad de su rostro, dejando la otra en sombras.

—Sí, dos días sin bañarme… —repitió, y su propia voz le sonó extraña, como si viniera de otro cuerpo. De repente, fue consciente de cada centímetro de su piel. La capa de sudor seco bajo la ropa, el olor a tierra y hierba pisoteada que emanaba su mono, el ligero tufo agrio del miedo que parecía pegarse a ella. No era solo suciedad, era un rastro.

—Sí, haré lo que sea… —murmuró, rodeando sus propias palabras temblorosas y desesperadas en la oscuridad—. Había pensado en buscar leña, cavar, correr, no en algo como esto.

El ahuyentador se sentía como plomo en sus manos.

—Entiendo, así que ese es tu plan… —continuó. Su estómago se retorció—. Yo seré la carnada… Mi olor, y tú con tu cámara esperarás a grabarlo… Pero y si no huye con el ultrasonido, ¿o si la vainilla o el humo no son suficientes para alejarlo?

Su tono era plano, como si ya conociese la respuesta.

—¿Qué pasa entonces Mike? ¿Grabarás cómo me devora para tus suscriptores o qué?

Un temblor indescriptible recorrió su cuerpo. Intentó contenerlo tomándose los brazos.

—Quién me manda a decir babosadas —se quejó Val.

—No te preocupes, yo lo enfrentaré. He preparado cámaras escondidas por el bosque. Además, no es como si fuera a luchar contra él lanzándole condimentos. Escucha, al este de aquí hay un riachuelo, estos animales odian el agua. Solo debemos atraerlo hasta allí, yo estaré contigo en todo momento, sin embargo, debemos apagar todo esto y escondernos dentro de la carpa, si nos ve alerta nunca atacará.

Val miró hacia la pequeña tienda.

—Cuando crea que estemos dormidos se acercará a nosotros, entonces debemos huir, que crea que tiene el control, hasta que lleguemos al riachuelo, allí preparé una trampa; se trata de un pequeño puente improvisado de madera, nosotros lo cruzamos y cuando él se suba para seguirnos, haces sonar el ahuyentador, paralizándolo unos segundos, entonces, jalo la cuerda que tiene el nudo del puente atado y ¡zas! Cae al agua. La corriente lo arrastrará a una segunda trampa, que es una red hecha con hilos de plata. Ese será su fin.

—¿Y si no funcionara?

—El plan B.

—¿Qué sería?

—Enfrentarlo. En ese caso te protegeré, pondré mi vida en ello.

Val escuchó cada palabra de Mike formando un mapa de peligro. El riachuelo al este, el puente, la soga y la red de plata. Era elaborado, demasiado.

Miró al fuego, su único consuelo que le brindaba algo de seguridad se extinguiría en breve dado el loco plan de Mike. Que cada vez le parecía menos cuerdo. Bueno, si alguien te dice que se gana la vida como youtuber, ya es suficiente motivo para desconfiar. “Protegerla con su vida”, sonaba a algo de una película, no a algo que un youtuber diría a una extraña en un bosque.

—No hagas juramentos que no puedas cumplir, Mike. Si llega a pasar algo… sálvate tú primero, tu cámara no se…

Tomó una respiración profunda, llenando de aire mezclado con humo. Dentro de poco, solo quedaría el olor a tierra y a ellos dos.

—Está bien —dijo Val finalmente.

Su voz adquirió una firmeza que hace tiempo que no sentía.

—Entiendo el plan. Atraer, huir al puente, soga. O “B” solo luchar.

Mike asintió.

—No me gusta, pero es más de lo que tenía hace unas horas.

Se levantó y recogió el ahuyentador, guardándoselo en el bolsillo de su chaqueta.

—¿Cuándo empezamos? ¿Apagamos el fuego ya?

—Sí, la luna está por salir.

Mike apagó la fogata echando tierra encima. Val juntó los trastes de comida.

—Vámonos adentro de la tienda. Si el hombre lobo ya se fue de este bosque tan solo pasaremos una tensa noche en vela, y para mañana ya estarás en tu casa. Molesta por lo de tu novio, y pensando que solo conociste a un chico raro en el bosque.

Val asintió, no había más que discutir. La oscuridad tras apagarse el fuego era envolvente. Caminaron los pocos pasos. La lona de la carpa era áspera y fría al tacto. Val encontró la abertura con los dedos, separó los cierres con un sonido de velcro que le pareció ensordecedor. El interior olía a plástico nuevo y a tierra. Entró primero arrastrándose sobre manos y rodillas. La oscuridad dentro era aún más densa. Se hizo a un lado, sintiendo el espacio reducido. Mike entró detrás de ella, su cuerpo grande ocupando el resto del lugar. El sonido de la cremallera cerrándose fue el final de algo.

Quedaron en silencio, sentados uno frente al otro en la negrura. Solo se escuchaba su respiración. La de Mike, controlada. La de ella, un poco más rápida.

—Ahora —dijo la voz de Mike, apenas un susurro que salía de la oscuridad frente a ella—. Esperamos, y no hagas ningún ruido.

Val apretó el ahuyentador en su bolsillo. Podía sentir el latido de su propio corazón. Afuera, en el bosque ahora completamente oscuro y silencioso, algo podía estar oliéndolos, acechándolos. Cerró los ojos, no servía de nada ver, la oscuridad era la misma.

Tras unos minutos que le parecieron eternos, y tras comprobar que la oscuridad interior seguía siendo la misma Val solo podía sentir el suelo duro y desigual bajo sus piernas cruzadas, y la áspera textura de la lona a su espalda cuando cambiaba de posición por el cansancio. El frío del suelo se filtraba un poco a través de la lona y se enroscaba en sus tobillos. Su respiración le sonaba ensordecedora en el silencio. Intentó contenerla, hacerla más superficial, pero el aire le quemaba los pulmones. Del otro lado, a menos de medio metro, la presencia de Mike le recordaba que no estaba sola.

—¿Así que apesto? —susurró.

—Para una persona no es perceptible, tranquila.

—Qué bueno que sigues ahí. Tengo el presentimiento de que todo esto es una locura…

—¿Recuerdas todo lo que hemos conversado?

Val asintió inútilmente en la oscuridad. Pero Mike pareció percibirlo. Cerró los ojos, aunque no había diferencia. Se imaginó a sí misma entrando a gatas en el diminuto espacio, la torpeza de su propio movimiento, el esfuerzo. La humillación de ser carne. Se sentía expuesta, vulnerable, no solo al monstruo de fuera, sino también a la mirada implícita de Mike, incluso en esta penumbra. Su propia conciencia de su cuerpo, sucio y agotado, se agudizaba ahora hasta un punto doloroso.

Un temblor le recorrió, no de miedo, sino de un escalofrío helado que se apoderaba de su médula. La lona de la carpa se sentía como una piel fina, apenas una promesa de protección contra la inmensidad hostil del bosque. Cada ruido afuera era un peligro potencial. Cada minuto una eternidad.

—Sí —dijo Val, su voz apenas un susurro seco en la quietud. Necesitaba hablar, siquiera para llenar un poco el vacío, para asegurarse de que Mike seguía ahí realmente—. Recuerdo todo.

Levantó ligeramente la cabeza, como si pudiera ver algo en la oscuridad. El ahuyentador se clavaba en sus costillas.

—Recuerdo los chupacabras, y la muñeca, y… los caníbales —continuó—. Y el juramento. Recuerdo que dijiste que me sacarías de aquí sana y salva. Recuerdo el ahuyentador. Recuerdo el vinagre, la vainilla y el humo. Y recuerdo el plan. Entrar. Esperar. Salir corriendo hasta el riachuelo. El puente. El ahuyentador.

Val tomó una respiración profunda, notando su propia sequedad en la garganta.

—Y el plan B. No lo olvido.

Mike permaneció en silencio unos instantes, su respiración era el único sonido perceptible.

—Bien —la voz de Mike llegó finalmente, baja y controlada—. Eso está bien.

Se hizo un silencio. Los ojos de Val se abrieron de nuevo en la oscuridad. El único consuelo eran las vagas formas de las brasas extintas fuera de la carpa. Se centró en ellas. En el humo persistente del fuego apagado.

—Y que apesto —añadió Val, su voz ahogada en el final de la frase—. Sí, eso también lo recuerdo.

—Bien eso, sigue hablando, eso te calmará. Pero en voz baja. Cuando te encontré sola en este bosque ¿sabes lo primero que pensé?

—¿Qué pensaste? —preguntó Val, con un susurro apenas audible.

Había una punzada de amargura en su tono, una suposición ya formada de que sus primeros pensamientos no habían sido precisamente caritativos. Deseaba que el silencio fuera real, que el bosque no contuviera nada más que el viento inofensivo. Pero el aire mismo dentro de la carpa parecía vibrar con una expectativa terrible. Cada músculo de su cuerpo se tensaba.

—¿Qué más ibas a pensar? —añadió, sin esperar una respuesta—. Una chica perdida y apestosa. Probablemente un estorbo. O la oportunidad de un video.

Val no podía ver bien a Mike en la oscuridad, pero podía sentir su presencia, la cercanía de su cuerpo a escasos centímetros. Era una intimidad forzada, generada por la desesperación. Recordó cada parte del plan de Mike. La huida, el riachuelo, la soga. Y pensó en la luna, en algún lugar por encima de ellos, cada vez más brillante. Se preguntó si la criatura también la estaría esperando. El miedo era una oleada helada que le subía por la espalda, pero se negaba a temblar. No ahora. No cuando la acción era inminente.

—Dime. Pensar en ello no va a calmarme —continuó Val, con su voz más baja aún. El silencio después de sus propias palabras era abrumador.

—¿Qué clase de idiota puede dejar a una chica tan linda como tú abandonada en este peligroso bosque?

La oscuridad en la carpa se sentía más densa, como si las palabras de Mike la hubieran hecho aún más pesada. Val se quedó inmóvil, el ahuyentador todavía presionado contra su pecho. La respiración de Mike se había vuelto silenciosa, como si estuviera esperando una reacción.

—¿Linda?

La palabra salió de sus labios con una risa seca y ronca que no tenía alegría alguna.

“En un bosque apestando a sudor y miedo. Con el pelo que parece un nido de cuervos y la cara manchada de tierra”, pensó. La boca se le frunció con una mueca de incredulidad. Era tan obvio, tan burdo. Su propia humillación ardía, pero también el cansancio de mantener una fachada que no existía.

—No, Mike —continuó, su voz era apenas un susurro rabioso—. No era un idiota quien me abandonó. Era un chico. Que me mintió. Que me dejó tirada sin pensar que este bosque sería peligroso.

Bajó la voz un poco más, los ojos fijos en la oscuridad sin ver nada.

—Pero eso no importa. Nada de eso importa. No ahora. Lo único que importa es salir viva de este lugar.

—Entiendo, lo siento si te ofendí.

La oscuridad de la carpa era una constante pesada. Val sintió el frío plástico del ahuyentador contra su pecho, su propio latido resonando en la presión. Las palabras de Mike, apenas audibles en la negrura, resonaron con una extraña amargura.

—No se trata de eso —dijo Val con tono áspero, despojado de paciencia. Intentó ajustar la postura, el suelo era irregular e incómodo bajo ella.

La proximidad de Mike era una irritación más en su miseria.

—No es que no me interesen tus cumplidos vacíos —continuó, elevando apenas el tono por encima de un susurro—. O tus motivos. Es que no es el momento. No ahora.

El aire se sentía espeso, cargado. Val podía casi saborear el polvo y el miedo.

—Lo que importa es la luna, el plan y, salir de aquí.

Su cuerpo estaba tenso, cada fibra de sus músculos alerta. El silencio que se instalaba después de sus palabras no era paz, sino la antesala de algo. El más mínimo ruido del bosque exterior ahora, un crujido de rama o el susurro del viento, la hacía apretar los dientes. La espera era una tortura, cada minuto que pasaba traía consigo la inminente amenaza. El agotamiento ya no era una excusa para la pasividad; se había transformado en una irritabilidad aguda.

—No puedo pensar en nada más —dijo Val, volviéndose ligeramente en la oscuridad, aunque no podía distinguir la cara de Mike.

—Ni en si soy linda. Ni en el tonto de mi novio. Ni en lo que tú pienses de mí.

Se detuvo, tomando una bocanada de aire poco profunda.

—Solo en que no quiero morir en este bosque.

—Si ya veo, no confías en mí, no confías en mi plan, te parezco ridículo o una especie de charlatán que solo quiere likes para su canal de Youtube. Debes sentir que es el peor día de tu vida y etc. Etc. En resumen solo te preocupa tu culo. Pensé por un momento que eras diferente, en el momento en que te encontré y dijiste que harías cualquier cosa si te ayudaba, pensé que eras alguien que valía la pena, que tenía el coraje suficiente, pero me equivoqué. Más encima te di de beber, te preparé comida y ni siquiera lo agradeciste… Aunque no es que lo haya hecho para que me lo agradecieras, es solo que pensé que eras diferente. ¿Tal vez por eso te abandonó tu novio no?

La oscuridad de la carpa se hizo más fría. La acusación de Mike, sus palabras cortantes y llenas de reproche, se clavaron en Val con una fuerza brutal. Sentía la opresiva cercanía de su cuerpo a escasos centímetros en la negrura, el aire se tensaba entre ellos. El ahuyentador aún estaba presionado contra su mano, su plástico gélido ahora el único contrapunto a la furia helada que empezaba a arder dentro de ella. —¿Dices que solo me preocupa mi culo?

La voz de Val era apenas un susurro sordo, cargado de incredulidad y un dolor muy real.

—¡Claro que me preocupa! ¡Es lo único que tengo en este momento! ¡Aquí, en la oscuridad, en una carpa diminuta, con un hombre que apenas conozco y un monstruo afuera! ¿De qué más quieres que me preocupe?

Ajustó su postura por la tensión. La ira se mezclaba con el miedo, dándole una energía que no había sentido en días.

—Me preguntaste si lo recordaba. Te dije que sí. No te dije que lo aprobaba. Te dije que no me gustaba tu plan, Mike. Pero también dije que lo haría.

Hubo un silencio tenso, solo roto por la respiración de ambos. Val se concentró en la de Mike. Sonaba apretada, ofendida.

—¿Crees que no he pensado en por qué me abandonó?

Su voz se quebró ligeramente, revelando el pozo de dolor que intentaba ocultar.

—¡He pensado en eso por dos días enteros, Mike! ¡Mientras caminaba sola, muerta de hambre y de miedo, sin saber si sobreviviría para ver el sol!

Se llevó una mano a la cara, frotándose los ojos con fuerza.

—No necesito que me lo restriegues ahora.

Un temblor incontrolable le recorrió el cuerpo, pero esta vez no era solo miedo. Era rabia, una rabia ardiente y amarga.

—Me diste agua y comida. ¿Quieres que te lo agradezca ahora? ¿Mientras me usas de cebo? ¿Mientras me acusas de ser una ingrata? ¿Es eso lo que te hace sentir “diferente”, Mike? ¿Juegas a ser el héroe?

—No, olvídalo. Quédate aquí, mantente a salvo, yo me las arreglaré con la bestia. Mantente a salvo en la carpa. Olvida todo lo que te dije, mañana temprano te llevaré de vuelta a casa. Iré allá afuera yo solo, a hacer lo mío cuando aparezca. Tú solo mantente aquí y esconde tu cabeza como el avestruz que eres.

La oscuridad de la carpa se tensó aún más, haciéndose pesada y asfixiante con cada palabra de Mike. El ahuyentador en las manos de Val se sentía aún más frío, un objeto inútil y ridículo ahora. Las palabras de Mike rebotaron en las paredes de la lona, hiriéndola más que el frío o la propia oscuridad.

“Avestruz”. La humillación le subió por la garganta, quemándole los ojos.

—¿¡Qué!?

Su voz fue solo un jadeo, un susurro ronco que apenas rompió el silencio cargado de electricidad. Intentó incorporarse más, pero el espacio reducido y el shock la mantuvieron anclada.

—¿Olvidarme de todo lo que me dijiste?

La incredulidad se mezcló con la rabia.

—¿El plan? ¿La carnada? ¿El juramento de sacarme de aquí a salvo?

El tono era una mezcla de amargura y desesperación.

—¿Lo olvidaste tú, Mike? ¿Ahora que tus cumplidos no funcionaron?

El aire era gélido, pero la ira la abrasaba por dentro. El pulso le latía furiosamente en las sienes. No podía ver a Mike, pero su presencia, tan cercana y de repente tan hostil, la aplastaba.

—¿Esconder la cabeza como un avestruz?

Repitió las palabras, saboreando el insulto.

—Estaba lista, Mike. ¿Y ahora dices que te vas? ¿Solo porque no juego a ser la damisela agradecida y complaciente?

Val sintió una oleada de náuseas. La carpa se encogía alrededor de ella. No era el miedo a la bestia lo que la oprimía ahora, sino el abismo de abandono que se abría a sus pies. Su cuerpo temblaba, las rodillas no le respondían.

—No te atrevas a salir de aquí —advirtió Val, su voz ganando una aspereza cortante, aunque apenas sobrepasaba el susurro.

 —No me dejes sola, Mike. No después de todo esto. Si te vas, tu plan no funciona. ¿Qué va a pasar conmigo entonces?

—Te dije que te llevaría mañana a tu casa y eso haré, pero con la bestia, me las arreglo yo. Espera aquí, yo iré afuera a revisar, en cuanto amanezca vengo por ti y te llevo a tu casa. Ahora saldré afuera por mi cuenta, y si el plan funciona o no, es problema mío, yo me las arreglaré de alguna manera. Pero no necesito a alguien con tu actitud a mi lado, así que ni se te ocurra seguirme.

La oscuridad en la carpa de repente se sintió más grande, fría y vacía. Las palabras de Mike eran un martillo golpeando su cabeza. El aire se volvió rancio, pesado. Val soltó el ahuyentador. Cayó con un “clac” sordo en la lona, el sonido era un eco enorme en el silencio impuesto. Su cuerpo temblaba con una fuerza que ya no podía controlar, la rabia se mezclaba con el terror más primario.

—¿Qué estás diciendo?

La voz de Val era una cuerda tensa, un susurro roto por la incredulidad. No había un solo rastro de la furia que la había impulsado segundos antes. Solo una punzada helada de abandono.

—No puedes, Mike. ¡No me dejes aquí!

Intentó moverse en la oscuridad, un impulso inútil. El espacio exiguo de la carpa era una jaula. El sudor frío le escurrió por la espalda. Sintió cómo sus ojos se llenaban, pero se negó a llorar. No le daría la satisfacción.

—¿Y si la bestia no está y amanece y tú no vuelves? ¿Qué hago entonces?

Las palabras eran como piedras en su garganta.

Se arrastró un poco, el movimiento torpe y ruidoso en la carpa. Se acercó a donde sabía que Mike estaba.

—El plan. Tú lo hiciste. Yo soy parte de esto, Mike. No puedes simplemente… irte.

El pulso le golpeaba furiosamente en las sienes. El sonido del bosque exterior, antes amplificado por su miedo, ahora era un murmullo distante y terrible. Se dio cuenta de que si Mike salía, la oscuridad que la rodeaba dejaría de ser un refugio y se convertiría en un lugar de aniquilación.

—No eres el único que tiene actitud —dijo Val, con la voz apenas inteligible—. Tengo miedo, Mike. Miedo de morir aquí. Y tú me dejas.

El pensamiento fue como un cuchillo en el estómago.

De pronto, un crujido cercano interrumpió la discusión. Un sonido de un animal enorme. Algo andaba afuera merodeando. Mike, sin pensarlo, salió a ver. Val estaba aterrada, pero le siguió.

“¿Será la mitológica criatura?”, pensó Mike.