Capítulo 3

11/09/2026

“¿Será la mitológica criatura?”, pensó Mike.

El exterior estaba nublado y la luna no se veía, lo que hacía que todo fuera más oscuro de lo normal. Mike hizo un esfuerzo por enfocar entre la penumbra. Sin embargo, lo que había allí, a pocos metros de la fogata extinta, no se trataba de ningún hombre lobo, aunque eso no lo hacía menos peligroso.

—¿Un oso?

Val salió de la carpa, su cuerpo temblaba sin control. El crudo frío de la noche la golpeó con más fuerza que antes, mezclándose con el olor a tierra húmeda y el miedo palpable que exudaba de Mike. Abrió bien los ojos y se esforzó por penetrar la oscuridad densa y sin luna. El vaho de su propia respiración se mezclaba con el aliento helado del bosque.

El oso era grande. Demasiado grande. Una mole oscura y peluda, moviéndose pesadamente entre los restos humeantes de la fogata. Un gruñido bajo vibró en el aire, haciendo que el suelo pareciera temblar bajo sus pies.

—No es el… hombre lobo.

Val apenas logró articular las palabras, su voz reducida a un susurro ahogado por el pánico. El corazón le latía desbocado, como un tambor en sus oídos que apenas le permitía escuchar. Agarró el ahuyentador con ambas manos. La promesa de seguridad de Mike, sus insultos, el plan elaborado, todo se desvanecía en la insignificancia frente a esa bestia real, palpable y aterradora.

—¡Mike! —exclamó con desesperación.

Sus ojos, ahora bien abiertos, seguían el movimiento torpe del oso, que olfateaba el suelo donde antes había estado el fuego. «Un oso. ¿Ahora qué?», pensó.

Sintió un escalofrío recorrerle la columna. No era el misticismo del hombre lobo, sino el instinto puro de un depredador. La promesa de Mike de llevarla a casa se sintió vacía ante la realidad. ¿Un oso era mejor o peor? ¿Menos temible? No. La amenaza era inmediata.

—Esto no estaba en el plan —dijo, susurrando más para sí misma que para Mike. El aire frío y denso le quemaba los pulmones. Los dedos le temblaban al agarrar el dispositivo de ultrasonido.

—No sé nada de… de osos, Mike.

—Al carajo, usemos el plan con él. Solo con un cambio, necesito mi mochila, Val. Está dentro de la carpa; lánzamela mientras lo distraigo.

Val parpadeó. La orden de Mike la golpeó con la fuerza de una bofetada fría, más que la brisa helada del bosque.

—¿Estás loco? —preguntó Val con un susurro rasposo que el gruñido del oso ahogó sin esfuerzo. El animal, una sombra inmensa, seguía olfateando los restos de la hoguera.

Una sacudida le recorrió el cuerpo. Era absurdo. Completamente desquiciado.

—¿Distraerlo? —continuó Val, su mirada se encontró con la figura apenas perceptible del oso a pocos metros. Los latidos de su corazón eran atronadores en sus oídos.

—Mike, no es un… perro… ¡Es un oso!

Se volvió hacia él, sus ojos intentando penetrar la oscuridad para discernir su expresión. ¿La mochila dentro de la carpa?

—El plan era para el monstruo —dijo Val. El pánico le oprimía el pecho, volviendo el aire denso y pesado—. No para esto. No puedo. No voy a entrar ahí mientras esa cosa está aquí —señaló con la cabeza hacia el oso. Su mano temblaba visiblemente—. Ni hablar.

El frío de la noche, mezclado con la cercanía del oso, hizo que un escalofrío helado le recorriera la espalda. No era el miedo abstracto de un monstruo, sino la cruda realidad de un depredador que se movía, respiraba y gruñía a unos pocos metros.

—No es parte del plan, Mike —repitió, y se aferró a esa idea con desesperación—. Esto no es parte del plan.

Mike encendió una antorcha y se acercó con cuidado. El oso notó de inmediato su presencia y se irguió en dos patas. Pasaba fácilmente los dos metros de altura. Mike tragó saliva, pero no se detuvo. Le enrostró la antorcha encendida. El animal retrocedió unos pasos, pero solo para arremeter con un ataque de su zarpa. Mike se lanzó rodando hacia su costado, eludiendo un golpe mortal.

El golpe del oso había destrozado un árbol delgado.

—¡Val! ¡Mi mochila, rápido! —gritó Mike desde el suelo.

La oscuridad, el oso, el árbol partido en dos: todo se fusionó en una pesadilla ruidosa y en movimiento. Val vio el manotazo, no la madera rompiéndose, sino la furia ciega, incontrolable. El miedo le tenía petrificada.

—¡La mochila! —repitió Mike. Su voz atravesó el aire con un grito que rompía la irrealidad de la escena.

Val se quedó paralizada un instante, el ahuyentador todavía en sus manos, inútil. «¿La mochila? ¿Ahora?», repitió en su mente. Sus piernas, antes ancladas al suelo por el pánico, de repente se activaron con una urgencia brutal. No había tiempo para deliberar. No había plan. Solo una orden que resonaba en sus oídos.

Se lanzó hacia la carpa, el plástico rozándole la cara al intentar meterse a gatas de nuevo en la oscuridad opresiva. No se lo pensó. Su mano palpó a ciegas, buscando la mochila entre el revoltijo de mantas y equipo. Era de Mike, grande y voluminosa, pesada.

Los sonidos de afuera eran confusos, distantes, como en una burbuja. Escuchó un gruñido, el chisporroteo de la antorcha, y lo que sonó como un impacto. La rabia, el miedo, la humillación, todo se transformó en una adrenalina pura que la impulsaba. Debía moverse. La vida de Mike dependía de ella.

Finalmente, sus dedos se engancharon en una correa de la mochila. Tiró con fuerza, arrastrándola hacia la abertura de la carpa. Era más grande de lo que esperaba, un bulto pesado que se atascó un instante. Puso toda su fuerza en ello.

—¡Aquí está! —jadeó Val, extendiendo la mochila como si fuera una ofrenda desesperada. No le importó si sus manos temblaban, si su voz sonaba como un quejido. El oso, la noche, Mike. Necesitaba que él la tomara.

—¡Lánzala con todas tus fuerzas!

Val se irguió, la mochila de Mike colgando pesadamente de su mano. El rugido del oso y el chispazo de la antorcha resonaban afuera. Una ráfaga de aire frío atravesó el pequeño hueco de la carpa, trayéndole el olor metálico de la sangre y el aliento pesado de la bestia. El grito de Mike exigiendo que la lanzara la espoleó.

No había tiempo para pensar. La ira y el terror se unieron en un impulso primario. La mochila, grande y torpe, era un arma improvisada. Se tambaleó, el peso de la mochila desequilibrándola. El brazo le dolió cuando el hombro se tensó, pero la adrenalina ahogó el dolor. Con un bramido de desesperación que salió de lo más profundo de su garganta, Val lanzó la mochila con toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo.

No tuvo tiempo de ver a dónde iba. Solo la soltó. Como una piedra arrojada por un brazo desesperado en la oscuridad. El impulso la hizo tropezar y cayó de rodillas, el borde de la carpa le raspó la mejilla. Se quedó agachada, jadeando, el corazón golpeándole las costillas con la fuerza de un huracán. Los sonidos se mezclaron: el gruñido del oso, un silbido lejano, el impacto sordo de la mochila al caer. Un segundo después, un estruendo brutal. Un crujido de ramas.

—¡Val! —El grito de Mike sonó ahogado, cargado de terror y agonía.

Val se arrastró fuera de la carpa, su cuerpo temblaba sin control. La oscuridad se había hecho más profunda. La luna, ocultada por las nubes, apenas ofrecía alguna silueta. No veía al oso. No veía a Mike.

—¡Mike! —gritó Val, su voz aguda y quebrada.

—¡Mike! ¿Estás ahí?

Se obligó a gatear unos pasos hacia donde Mike había estado, hacia el humo y el olor a tierra removida. La antorcha de Mike estaba en el suelo, su luz titilando débilmente, apuntando hacia un lateral. La luz naranja danzó sobre el tronco partido y la tierra revuelta. El silencio se volvió pesado. Había un nuevo sonido. El de un gemido ahogado.

—¿Qué pasó? —preguntó Val.

—Mike —repitió ella con voz temblorosa—. ¡Responde!

El oso seguía atacando furioso, cuando de pronto Mike sintió caer la mochila lanzada por Val a escasos metros. La atrapó casi por instinto, zambulléndose en ella y esquivando de paso otro manotazo del animal. Metió rápidamente su mano en el interior buscando algo, hasta que la punta de sus dedos dio con el bote metálico. ¡Bingo! Era el spray bear.

Aunque pareció una eternidad buscando, en realidad lo encontró de inmediato. Huir de un oso en un bosque es imposible para una persona, ya que son muy rápidos. Pero huir de un oso ciego ya es una chance. Así que Mike, sabiéndolo, le aplicó el spray directo en la cara. El oso cayó pesadamente hacia atrás retorciéndose.

Mike quería alejarlo de Val, así que le dio un puntapié para que lo siguiera.

El oso no podía distinguirlo del todo, sus ojos ardían, al igual que su furia. Mike emprendió rumbo hacia el arroyo, y el animal fue tras él a tientas, destrozando el lugar a arañazos.

Todo fue caótico, pero rápido. En breve llegaron a la orilla del agua.

Val, muerta de miedo, los había seguido.

Primero Mike cruzó el pequeño puente y tomó una soga. Esperó a que el oso cruzara, y cuando iba por la mitad, jaló fuerte. Un tronco de la base se desmoronó, haciendo caer todo el puente, junto al animal, que fue arrastrado río abajo por la corriente.

Val se tambaleó hacia la orilla. El corazón le martilleaba con una fuerza atronadora, tan fuerte que creía que se le saldría del pecho. La antorcha de Mike, dejada atrás cerca de la carpa, ahora era solo un punto de luz distante, casi olvidada. El crujido del puente de madera, el rugido confuso del oso, el salpicón del agua: todo se mezcló en un torbellino aterrador.

Jadeaba, intentando recuperar el aliento. El aire frío y húmedo le quemaba los pulmones. Se dobló sobre sus rodillas, sintiendo el suelo mojado bajo sus manos. No había sido el hombre lobo. Había sido un oso. Una mole de carne y furia.

Pero ya había desaparecido río abajo. Lejos. Muy lejos.

Se giró hacia Mike. Desde la otra orilla, su figura proyectaba una silueta oscura sobre la superficie del agua.

—¿Estás… estás bien?

Su voz era un hilo frágil, rasposo por el grito y el pánico. Las piernas le temblaban tanto que sentía que en cualquier momento se le desplomarían. La adrenalina aún la hacía vibrar por dentro.

—¿Lo venciste? ¿Con un spray?

Val se pasó una mano temblorosa por el pelo revuelto, sintiendo la tierra y el sudor en la frente. No era la mítica criatura, pero había sido un horror muy real. «Podría haberlo matado. Y yo aquí… solo gritando», pensó.

Se incorporó con dificultad, tenía los músculos rígidos. Miró la oscuridad que se tragaba el río. El miedo persistía, seguía con un nudo apretado en el estómago. La realidad era incluso más cruda que sus fantasías.

—Si el spray ayudó, ¡gracias! —gritó Mike desde el otro lado.

—Tu plan… esto no lo habías planeado, ¿o sí? —le dijo a Mike, su voz se elevaba ligeramente, una mezcla de alivio y una confusión persistente.

Mike se encogió de hombros.

—Se suponía que el hombre lobo cayera por ahí.

Después de todo, ella tenía razón, había actuado por instinto, solo para mantener a la chica a salvo. Sí, una chica malagradecida, pero bueno. Mike consideraba que los hombres, los verdaderos hombres debían tener “eso”. Eso que les hace inevitable actuar cuando una chica está en peligro, al menos así lo había aprendido él, y de la peor manera…

—¿Tú estás bien? —gritó Mike desde el otro lado—. Tendrás que ayudarme a cruzar de vuelta, lánzame la cuerda que está atada junto al puente destruido.

Val se puso de pie, su mirada buscó en el río. Lo que era antes una trampa planeada, ahora se había convertido en una brecha entre ambos. Un abismo oscuro y peligroso.

Se giró hacia el lugar donde el puente se había roto, su vista tardó en enfocar en la oscuridad. Notó un extremo de cuerda sobresaliente de los restos de madera.

—¿Qué cuerda? —preguntó Val. Su voz aún temblaba.

Se acercó con cautela.

—Está resbaladizo, no veo nada…

—Hay varias allí, lánzame cualquiera que esté bien amarrada. Es para cruzar de vuelta y que no me lleve la corriente. ¿No quieres que me quede acá, cierto?

La voz de Mike resonó desde el otro lado del arroyo, cortante y exigente. Val se agachó. Sus dedos, todavía entumecidos por el frío y la adrenalina, buscaron a tientas en la penumbra. El suelo resbaladizo bajo sus pies dificultaba el equilibrio. Había restos de madera, trozos sueltos. Finalmente, su mano se cerró alrededor de una cuerda gruesa y áspera. Sintió el peso y la aspereza del material contra su piel. Intentó tirar de ella. Estaba firmemente atada, un punto fijo en el caos de la destrucción. La cuerda era ancha, parecía aguantar.

—¿Estás seguro? —preguntó Val, su voz más controlada ahora, aunque todavía cargada de una mezcla de agotamiento y frustración.

La idea de Mike al otro lado del río, ileso pero incapaz de cruzar, le provocaba una extraña punzada.

—¿Si te arrastra la corriente, de qué sirve todo esto? No voy a poder jalarte si el peso del agua te lleva.

Se irguió con la cuerda en la mano. Sopesó el grosor, la sensación rugosa. Era pesada, definitivamente. La lanzó, concentrando toda su fuerza en el lanzamiento para que alcanzara el otro lado. La oscuridad la tragó. Escuchó un chapoteo, pero el arroyo era ruidoso y engañoso.

—¿La tienes?

Val esperó, conteniendo el aliento. El silencio se prolongó un instante.

—Mike, ¿la tienes?

—¡Sí! ¡Ya voy! Espera.

Mike se ató la cuerda alrededor de su cintura y jaló para comprobar que estuviera firme del otro lado. Al parecer todo estaba bien. Pedirle a Val que la atara si hubiese sido necesario habría sido un dolor de huevos. Ya lo tenía fastidiado todo lo que rezongaba y discutía. Aunque en el fondo sentía un alivio de que estuviera a salvo.

Mike cruzó nadando, tirando la cuerda y acortando la distancia. Pronto alcanzó la otra orilla. Se acercó a Val y acarició su cabeza.

—Me alegra que estés bien.

Val sintió un calor incomprensible en la cabeza al contacto de la mano de Mike. La sorpresa la inmovilizó. Había estado aterrorizada, furiosa, al borde de las lágrimas, y ahora un toque inesperado. El contraste con las palabras que acababa de vomitar, los insultos, el abandono tácito, era brutal. Sus músculos se tensaron instintivamente, no de placer, sino de una confusión exasperante. No había podido reaccionar ante el gruñido del oso, ni ante el grito de Mike.

—¿Qué estás…?

La pregunta se ahogó en su garganta, una mezcla de exasperación y agotamiento. Apartó la cabeza con un brusco movimiento, rompiendo el contacto. El gesto le pareció intrusivo, fuera de lugar, casi violento en su inoportunidad.

—¿Estás bien? Te pregunto si estás bien, ¿y tú me haces eso?

Se frotó el cuero cabelludo, donde la mano de Mike había estado, como si pudiera borrar la sensación. El miedo por el oso aún le vibraba en las entrañas, pero ahora una nueva ola de frustración le subía por el pecho.

—Te he tirado una cuerda, arrastrado una mochila, casi me meto en la boca de un oso por tus órdenes.

Val recuperó el aliento. Sus palabras eran un torrente de reproche contenido.

—Y no, no estoy bien. No. Me alegraría si hubieras estado a salvo todo este tiempo. Si todo este numerito con la cuerda no hubiera sido necesario.

La tensión nerviosa la hacía tartamudear ligeramente.

—¿Te parece que estoy bien después de ver a un oso furioso tratando de matarte? Y tú me preguntas si estoy bien, ¡mientras te alegras!

La voz le subió ligeramente.

—¿Estás loco?

El alivio, si acaso existía, venía manchado por el cansancio.

—Nos queda una noche entera, ¿lo recuerdas?

Mike soltó un suspiro, mirando cómo su mano era apartada.

—Sí… una noche entera. Y la verdad, prefiero seguir luchando con un oso que aguantar tu carácter lo que queda de tiempo.

Val retrocedió un paso del agua helada, el arroyo burbujeando ruidosamente en la penumbra. Las palabras de Mike la golpearon, secas y ásperas, como una piedra lanzada en la oscuridad. El escalofrío que le recorrió ahora no era del frío de la noche, sino de la amargura.

—¿Mi carácter?

Su voz apenas superó el murmullo del agua, cargada de una incredulidad furiosa. La adrenalina aún la hacía temblar, mezclándose con la ira que crecía dentro de ella. Sus puños se cerraron.

—¿Qué sabes tú de mi carácter, Mike?

Las palabras salieron con dificultad, apretadas por su garganta seca.

—Me acabas de dejar para que me coma un oso, ¿lo recuerdas? ¿O vas a decir que eso también es parte de mi carácter? —le restregó Val.

Su mirada se perdió en la oscuridad donde el oso había desaparecido río abajo. Sentía un terror gélido y rabia.

—No es mi carácter, Mike —espetó con voz temblorosa a pesar de sus esfuerzos por controlarla—. Es que estoy aterrorizada. Cansada. Mojada. ¿Y tú me dices que preferirías enfrentarte a un oso? Después de todo lo que acaba de pasar. Después de casi morir los dos.

Apretó con tanta fuerza el ahuyentador que todavía llevaba en la mano que sus nudillos se pusieron blancos.

—Mira, yo no te pedí que me salvaras de los chupacabras, ni del oso, ni de nada —continuó Val con la voz quebrada—. Pero ya estamos en esto. No me dejes de nuevo. No ahora.

El agotamiento se filtraba en cada sílaba.

—Necesito un maldito minuto, Mike. Solo uno. Para respirar. Para no querer gritarte a la cara por cada cosa estúpida que has dicho desde que nos encontramos.

No podía verlo con claridad en la oscuridad, pero Mike estaba allí, una silueta. No se movía. Val, de repente, se sintió vulnerable, expuesta ante el frío de la noche y la inmensidad del bosque. El sonido del arroyo parecía burlarse de ella.

—¿Ahora qué? —dijo. El sarcasmo era un manto delgado sobre su desesperación—. ¿Nos vas a dejar aquí para que aparezca tu hombre lobo original o nos vas a decir que sigamos otro loco plan?

Mike se sacó la polera para estrujarla. Val no pudo evitar ver sus marcados abdominales con recelo. El chico estaba harto de escuchar que “casi muere por su culpa”. “De seguro se le había ido la olla. ¿Qué pendejadas está diciendo esta tipa?”, pensó. Si el oso nunca se había acercado a ella precisamente por sus esfuerzos de mantenerlo a raya. Mike miró sus brazos y parte de su torso magullados, pero la chica no lo veía. Solo estaba inmersa en su propia paranoia.

—Solo volvamos, Val. Volvamos a la tienda. Necesito cambiarme o enfermaré.

Val se quedó inmóvil junto al arroyo. El frío de la noche calaba en sus huesos. La voz de Mike se sentía cortante, áspera. El sonido de sus palabras golpeó a Val con la fuerza de un puñetazo invisible. Ella había estado temblando de rabia y terror, y ahora, al verlo quitarse la polera, sus ojos se fijaron instintivamente en su figura en la penumbra. Los abdominales marcados destacaban bajo la piel húmeda, un hecho que a Val le pareció irritante y completamente fuera de lugar en medio de su propio desorden y pánico. El gesto de Mike no le producía admiración, sino una mezcla de incredulidad y resentimiento.

—¿Qué dijiste?

La voz de Val era apenas un susurro que se mezclaba con el murmullo del arroyo, pero estaba cargada de una ira hirviente.

Se cruzó de brazos instintivamente, como si quisiera protegerse del frío y de la irritación que Mike le provocaba. Sus ojos, en la oscuridad, no veían con claridad, pero la imagen que había vislumbrado se le grabó. Era el colmo.

—No, no hay que volver —sentenció Val con voz más firme. El temblor aún recorría su cuerpo, pero la rabia le daba un nuevo tipo de calor.

Mike la miró boquiabierto, mientras ella seguía su arremetida:

—Tú dijiste que el plan original era aquí. Cerca del arroyo. Que el hombre lobo caería. Tú lo dijiste.

Ella apretó los labios con fuerza, sintiendo el sabor a tierra y sudor. No iba a permitir que Mike simplemente la ignorara o cambiara el tema. No ahora. No después de lo que habían pasado.

—No es cuestión de que te resfríes, Mike —continuó Val con una convicción inesperada—. Es cuestión de que sigamos tu maldito plan. Dijiste que esto era importante, ¿o no? Que el olor, el ahuyentador, y todo…

Señaló hacia el arroyo con la mano temblorosa, la punta del dedo índice apenas visible en la semioscuridad. Sus ojos brillaban con una determinación feroz, una mezcla de desesperación y obstinación.

—¿Casi nos matamos por un oso? —preguntó Val con dificultad—.  ¿Y ahora quieres irte solo por tu bendito resfriado? ¿Es en serio? ¿Después de todo lo que acaba de pasar?

Se le saltaron unas lágrimas. No de miedo, sino de pura frustración.

—¿Qué diablos dices, mujer? ¡El oso para empezar nunca te atacó a ti! ¿Y qué plan quieres seguir? ¡¡Si ya no está el maldito puente!!

Mike perdió finalmente la paciencia.

—¡Eres imposible! ¡Quédate aquí si quieres, yo regreso!

La oscuridad del arroyo se tragaba el silencio, roto solo por el murmullo incesante del agua. Val vio a Mike hacer un ademán de darse la vuelta, su silueta dibujándose apenas en la penumbra. El frío de la noche, el olor a tierra mojada y la amenaza implícita de sus palabras golpearon a Val con más fuerza que la bofetada del oso.

—¿Te regresas?

Su voz era un hilo tenso, aguda, casi un grito ahogado. El corazón le martilleaba con una fuerza violenta contra las costillas. No podía entender. No podía procesar.

—¿Que el oso no me atacó a mí?

Repitió sus palabras con una incredulidad furiosa. Los ojos le ardían, y sentía la punzada de las lágrimas, pero se negó a dejarlas caer.

—¡Estaba aquí, Mike! ¡A unos pasos! Tú gritaste que te iba a matar, ¿o eso también me lo imaginé? ¿Los golpes, el estruendo de los árboles, todo fue una invención de mi maldita “actitud”?

Extendió los brazos en un gesto desesperado. El ahuyentador aún lo llevaba agarrado en una mano, un peso inútil, el recuerdo de una promesa rota.

La voz de Val era ahora un torrente descontrolado de desesperación.

—¡No hay plan! ¡No hay puente! ¿Cómo quieres que la bestia caiga por donde acaba de caer un oso?

—Pero si eso fue lo que di…

Val se acercó a Mike, sus pasos vacilantes sobre la tierra irregular.

—Te acabas de jugar la vida por lo que sea que hayas hecho con el oso, ¿y ahora quieres volver a exponer tu patético culo solo?

Se detuvo a pocos centímetros de él, su respiración agitada era lo único que llenaba el pequeño espacio entre ellos. Podía sentir el frío que emanaba de su cuerpo húmedo, la tensión en cada músculo. La idea de que la dejara sola de nuevo, después de todo, era más aterradora que cualquier bestia.

—¿Qué quieres demostrar? ¿Qué eres más macho? ¿Después de todo lo que has dicho? ¿Después de que el plan ya no sirve?

La voz se le quebró.

—Necesitamos pensar. Necesitamos una nueva estrategia. No puedes simplemente irte otra vez. ¡Joder! —añadió ella.

—¡Cállate la puta boca! ¡Me tienes harto! ¡Loca!

Val se quedó absolutamente quieta. La oscuridad del arroyo se sentía más fría que nunca, el murmullo del agua un zumbido burlón en sus oídos. Las palabras de Mike, brutales y directas, la golpearon con una fuerza física, deteniendo su aliento en la garganta. La voz que salió de sus labios no era un grito ni un sollozo. Era un susurro rasposo, vacío de toda emoción, un eco hueco en la noche.

—¿Oh? —dijo Val.

Su cuerpo se puso rígido, cada músculo tensándose. El ahuyentador se le resbaló de los dedos y cayó con un golpe apenas perceptible en la tierra húmeda. Se sentía entumecida, como si el frío la hubiera alcanzado por dentro, congelándole la sangre, las venas, el cerebro. Era el tipo de silencio que sigue a una explosión, cuando el aire todavía vibra pero el sonido principal ha terminado. Miró hacia Mike, aunque no podía distinguirlo con claridad. Su mente se sentía extrañamente clara y, a la vez, completamente vacía.

—¿Que me calle? —repitió Val lentamente, como si masticara las palabras. Cada sílaba era un eco muerto.

—Tienes razón. Tienes razón, Mike.

Levantó una mano temblorosa y se la llevó a la cara, arrastrando sus dedos por la piel húmeda y sucia.

—Soy una puta carga. Soy un estorbo. Soy un animal asustado. Una idiota.

Rio, un sonido seco y amargo que no contenía alegría.

—Tienes toda la razón.

En ese momento, mientras Val reía como desquiciada, el cielo comenzó a despejarse, haciendo aparecer una hermosa luna completamente llena. La risa de Val se detuvo en seco. Los vellos de su cuerpo comenzaron a erizarse, su espalda se encorvó y su nariz se convirtió en un horripilante hocico. Garras aparecieron en sus manos y creció por lo menos un pie más de alto…

—Podré ser todo aquello… Ha, ha, pero… ¡Jamás le digas loca a una mujer! Grgrgr —gruñó. 

La chica había sido siempre el hombre lobo —o mujer lobo en este caso— y, de un solo pisotón destruyó el ahuyentador que había caído al suelo.