Capítulo 6

02/10/2026

Su voz, que antes había sido un rugido potente, salió como un gorgoteo ahogado, una mezcla de dolor y una incredulidad furiosa. Miró hacia arriba, hacia el cielo. El claro, la luna. Todo se estaba volviendo un borrón difuso.

El humo, espeso y penetrante, envolvía el claro, una manta oscura que devoraba la brillante luz lunar. Val jadeó, el aire lleno de ceniza y el residuo acre de la bencina le quemaba las fosas nasales. La vista de la luna menguando, oculta tras el manto gris, le produjo un dolor visceral, una sensación de poder drenado.

—¡Miserable! —bramó.

Sus garras temblaban inútilmente contra la tierra quemada. Su cuerpo, que antes era una mole de poder ilimitado, se sentía extraño, pesado, casi humano. Era como si miles de agujas estuvieran tirando de su carne, regresándola a su forma anterior.

—Tramposo… ¡Esta no es una pelea justa!

La risa triunfal desapareció, se ahogó en su garganta mientras su cuerpo comenzaba a encogerse visiblemente. El pelaje denso retrocedía, sus huesos crujían con un sonido horrible. Era un dolor insoportable, la esencia de su ser desgarrándose, siendo forzada a regresar.

Sus ojos, ahora disminuyendo en tamaño y perdiendo el fulgor amarillento, se fijaron en la silueta de Mike.

—¡Esto no termina! ¡No todavía! ¡Me niego!

El grito fue un lamento agónico mientras la transformación la consumía. Val volvía a su forma humana poco a poco.

—Te lo dije, Val. La preparación lo es todo —dijo Mike soltando un suspiro.

Val se retorció en el suelo, su cuerpo temblaba incontrolablemente. El dolor de la transformación inversa era agónico, los huesos crujiendo y los músculos contrayéndose con violencia. El vello oscuro retrocedía, revelando piel pálida, mientras sus extremidades perdían volumen y sus dientes se acortaban. La ira en sus ojos, aunque disminuida, se mantenía como un rescoldo furioso. Estaba exhausta, magullada y humillada.

—¿Preparación dices?

Las palabras salieron de sus labios, rasposas y débiles, una sombra de su anterior bramido. Luchaba por recuperar el aliento entre espasmos de dolor. Su visión, había mejorado considerablemente; ya podía discernir con mayor claridad la figura de Mike.

—¡Cobarde! ¡Solo usas trucos sucios porque sabes que no puedes enfrentarme de frente!

Levantó una mano temblorosa, ahora mucho más pequeña, y golpeó el suelo con frustración impotente. El impacto fue débil, un reflejo patético de su fuerza anterior. Sus ojos recuperaron su verde natural y su cuerpo desnudo era prueba de su vulnerabilidad.

—Créeme este no es el final… Aunque me venzas a mí, otro ocupará mi lugar… La noche es larga, y lo único que has hecho es llamar la atención…

El temblor en su voz era evidente. Intentó empujarse para sentarse, pero sus músculos flaqueaban.

—Te juro por esta luna… ¡que esto recién comienza, Mike!

El olor acre del humo y la bencina llenaba el aire, haciendo que sus pulmones dolieran con cada respiro. La debilidad la invadió por completo. La rabia, sin embargo, permanecía como un núcleo frío y duro en su pecho. Cada gramo de energía la abandonaba, pero la promesa de venganza no lo hacía. El dolor de la reversión era una pequeña tortura, cada célula de su cuerpo gritaba.

Se tambaleó, apoyándose en sus rodillas, la cabeza gacha. La sensación de ser vulnerable de nuevo la llenaba de pavor. Mike aprovechó la situación y rápidamente la amarró y le cubrió el cuerpo con una tela, especialmente para taparle los ojos. Necesitaba que no volviera a ver la luna. Por ahora la cortina de humo había dado resultado, y al ocultar la luna por unos instantes, había conseguido que su transformación se revirtiera, pero sabía que esa ventaja no duraría mucho, así que había planeado llevarla hasta una cueva cercana.

Val siseó, intentó resistirse, pero ya no podía hacer nada. Mike la cargó sobre el hombro y anduvo con ella casi doscientos metros.

—¡Suéltame, animal despreciable! —protestó. Sus palabras salieron entrecortadas en una mezcla de furia y la desesperación de su estado. Intentó patalear, golpeando el aire con las piernas aún temblorosas, pero fue inútil.

El interior de la caverna era frío y húmedo. Sus ojos, sensibles y escocidos, apenas distinguían la penumbra. El olor a tierra mojada y a moho envolvió sus sentidos. La humillación era aplastante, una ola gélida que la empujaba al borde de un abismo. Luchó contra las ataduras, cada movimiento era un esfuerzo agotador.

—¡¿Qué piensas hacerme ahora?! ¡Bestia!

La voz de Val era ronca y llena de odio, rebotando en las paredes rocosas de la caverna. Trató de incorporarse, pero las cuerdas se apretaron más, inmovilizándola contra el suelo. Un sollozo de pura rabia escapó de sus labios.

—¿Bestia? Qué irónico…

—¡Cobarde!

El pecho de Val subía y bajaba con respiraciones agitadas. Aún quedaban remanentes del ardor del spray.

—¿Crees que puedes mantenerme aquí para siempre? ¡No sabes con quién te estás metiendo, Mike! ¡Te juro que te arrepentirás! —dijo con su voz quebrándose al final, ahogada por la impotencia.

—Ya está amaneciendo, Val. Mejor ríndete. Además, ya tengo las pruebas por las que había venido a este lugar para empezar, así que no tengo más asuntos aquí.

Val ladeó la cabeza contra la piedra fría, una risa amarga y ronca brotó de su garganta. Si el amanecer se filtrara en la cueva, para ella solo representaría el final de su poder.

—¿Los videos? Llevabas todo planeado, ¿verdad? ¿Con tus estúpidos trucos y tu falsa preocupación?

Tiró de las cuerdas, un movimiento inútil que solo sirvió para rozar sus ya magulladas muñecas. Sus ojos, ahora humanos de nuevo, se clavaron en él con una furia gélida.

—Cuando consiga desatarme, no habrá video, no habrá cuerda ni truco que te salve. ¡Destruiré todo!

—Mira, tienes dos opciones: te entierro aquí o te vendo a un circo. Tú eliges.

Val quedó de piedra, interrumpió inmediatamente su forcejeo. El latido de su corazón pareció detenerse por un instante.

—Ja, ja, ja. Es broma. Cuando te hayas calmado te soltaré.

Val tiró de las cuerdas, un gemido de pura furia escapando de sus labios apretados. Su cuerpo estaba agotado, semidesnudo e indefenso. Sus ojos verdes se clavaron en Mike. Val sacudió la cabeza, las lágrimas de rabia y agotamiento se mezclaron con la suciedad en sus mejillas.

—No me calmaré, Mike. ¿Crees que un chiste va a borrar lo que has hecho? ¿La humillación? ¿El dolor?

Sus palabras rebotaron en las paredes húmedas de la caverna.

 —Si me sueltas te atacaré. Si me amarras las manos, te patearé. Si me cortas las piernas, te morderé… y aunque ya no quedara nada más de mí, ¡el bosque me vengará! ¡Te equivocaste conmigo! ¡Creíste que era solo una mujer asustada en el camino y no me conoces para nada!

—Podría decir lo mismo… pero ahora que volviste a ser humana solo eres una chica desnuda atada en una cueva. Y después de hoy… dudo que nos volvamos a ver.

Val dejó caer la cabeza contra la fría y húmeda pared de la caverna. Sus ojos, enrojecidos e irritados, se clavaron en Mike. Sentía el roce áspero de las cuerdas y de la tela que apenas la cubría. Ahora que su piel era vulnerable, su ser también lo era.

—¿Crees que por tenerme así has ganado algo? ¿Vistas para tu estúpido canal? No me importa si no me vuelves a ver. Me da asco tu presencia, Mike, la de todos los humanos, que por usar artimañas como tú se creen superiores a nosotros, las criaturas que protegemos este bosque.

Apretó los dientes con tal fuerza que le dolió la mandíbula. El frío de la caverna la hacía tiritar.

—Basta de amenazas, eres solo un monstruo. 

Mike se acercó amenazadoramente a Val y la empujó con la bota, haciéndola caer de cara al piso.

—Las criaturas como tú también me dan asco… ¿¡Creen que pueden jugar con la vida de las personas solo porque tienen poder!? —gritó perdiendo la calma—. ¡Pero yo no soy como ustedes! ¡No soy un asesino!

El suelo frío y rocoso de la caverna golpeó la mejilla de Val, llenándola de tierra y el sabor acre de la sangre. La chica quedó expuesta, vulnerable, frágil. Mike comenzó a desabrochar el cinturón de su pantalón, de alguna manera Val pudo intuir el tipo de «disciplina» que recibiría.

—¡Monstruo! —su voz salió apenas un susurro rasposo, cargada de veneno y quebrada por la humillación.

Escuchó el sonido inconfundible del pantalón desabrochándose, el crujido de la tela. Cada fibra de su ser se erizó. El frío aire de la caverna se volvió insoportable. Su mente, aún aturdida por la transformación y el golpe, luchó por procesar la magnitud de lo que se avecinaba. No era el miedo a morir lo que la atenazaba, sino la repugnante certeza de la violación de su cuerpo y espíritu. Un temblor incontrolable recorrió su cuerpo.

—¡Mike, detente! ¡Esto no está bien! —gritó Val, su voz ahogada por las lágrimas de rabia y la imposición de una realidad brutal. Intentó forcejear nuevamente, pero las ataduras le impidieron cualquier movimiento significativo, solo logrando que el dolor en sus muñecas se intensificara.

—¿De verdad crees que esto te hará sentir un hombre? ¡Solo demuestra lo miserable que eres!

El frío del sudor y el miedo le empaparon la espalda. El aire se le escapó de los pulmones.

—No sé qué diablos estás pensando —respondió Mike—. Sacándose un pequeño cuchillo que llevaba en un bolsillo atado a una correa al interior del muslo.

Lo lanzó clavándolo con precisión en la tierra, a un costado de donde estaba Val, y volvió a subirse el pantalón.

—Te ofrecí liberarte… solo responde mis preguntas y te dejaré que lo uses.

Val se contrajo con un resoplido helado, liberando el miedo que había acumulado. La oscura caverna, ya un sepulcro de su fuerza, se tornó un lugar de terror indescriptible. Cerró los ojos con fuerza, sus labios temblaron, y su cuerpo entero se relajó un poco. En su mente, las atroces posibilidades que tenía en su contra recién aterrizaban con exactitud.

—Mike, por favor —musitó Val. Su voz estaba ahogada por las lágrimas y la repugnancia. La cabeza le daba vueltas por la debilidad de la transformación, por el frío de la cueva, pero más aún por el horror que se cernía sobre ella—. Necesito agua… y hay que pensar cómo vamos a salir de este bosque, tú prometiste que me sacarías de aquí, ¿recuerdas…?

—Recuerdo. Recuerdo perfecto todo el número de la chica abandonada por su novio. ¿A qué vino todo eso Val? ¿Ese es tu modus operandi? ¿De esa forma te comías a la gente que llegaba al bosque? ¿Ahora quieres cooperar?

Mike se dejó caer sentado frente a Val. Sabía una verdad innegable de los hombres lobo: son una especie para la cual la fuerza es su única regla. Si no le demostraba que podía ser más fuerte que ella, siempre lo despreciaría. Sobre todo, al ver que era un simple humano, una especie que a priori consideraban inferior.

—¿Cooperar? —espetó Val. Su voz vibró entrecortada—. ¡Yo no me comí a nadie! ¡Tú eres el que vino a mi casa, a mi bosque! ¡A jugar tus trucos de youtuber y de tu camarita de mierda!

Val intentó forcejear, la piel de sus muñecas se estaba quemando con el roce incesante de las cuerdas. Sus ojos se fijaron en la oscuridad más allá de Mike, buscando un escape, una grieta, cualquier cosa.

Su voz se quebró al final, ahogada por la impotencia.

—¡No te daré esa satisfacción! ¡No te diré nada! ¡Solo déjame en paz! ¡Vete!

Mike se acercó a su rostro, a solo centímetros, escudriñando en el interior de su mirada, como si quisiera ver su alma misma. Val sintió miedo por primera vez. Desde que había nacido, había crecido sabiendo que su raza siempre había sido la más fuerte del bosque. Siempre había sido quien cazaba, nunca, ni por un solo segundo, había estado en la posición contraria. Hasta aquel momento. Sus puños, atados con fuerza, se contrajeron hasta que los nudillos se blanquearon. Un sollozo estrangulado se liberó de sus labios, la pura desesperación palpable en el aire. La fuerza que una vez poseyó como mujer lobo, la rabia que la había impulsado, ahora se había disipado, dejando solo una profunda y desgarradora vulnerabilidad. Cada segundo se sentía como una eternidad, un descenso al infierno personal en la oscuridad de la cueva.

—Te lo advertí. Estoy acostumbrado a lidiar con monstruos y amenazas similares, Val. Todavía no lo entiendes, ¿cierto? Parece que no eres mujer lobo sino mujer burra —suspiró Mike.

El joven sacó un arma de fuego que guardaba con él y se la puso en la cabeza a la licántropa.

—Siempre te pude haber disparado, Val, pero no lo hice porque quería que respondieras mis preguntas. Por eso te gané en tu propio juego y te atrapé. Pero si no vas a cooperar, entonces esto es el jaque mate.

Val parpadeó, sintiendo el frío metálico contra su sien. El frío del cañón parecía taladrarle la piel. Las palabras de Mike sonaban distantes, a través de la confusión que nublaba su mente. Un jadeo se ahogó en su garganta.

La incredulidad se mezcló con un pavor gélido que le heló la sangre. El cuerpo le temblaba y su mirada comenzaba a perder ese brillo obstinado al cual se aferraba al principio.

—Tú lo dijiste… ¡dijiste que no eras un asesino!

Mike sonrió como si ya nada le importara y, alejándose unos centímetros, jaló el gatillo…