Capítulo 7

09/10/2026

Mike sonrió como si ya nada le importara y, alejándose unos centímetros, jaló el gatillo.

Val sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo semidesnudo. Los rasguños y golpes que tenía no eran nada ante la inminente verdad: podía morir realmente. Por su mente pasaron recuerdos de su niñez en el bosque, los juegos de caza con sus hermanos, las luces a las que mamá no quería que se acercase, y las lecciones de caza de su padre. Todo pasó tan rápido y tan efímero que se arrepentía en el fondo de su ser de haber subestimado al humano. Sin embargo, ya era tarde. Demasiado tarde…

De la punta de la aparente arma de Mike salió una pequeña llama anaranjada que el joven se acercó rápidamente al rostro para prender un cigarrillo.

Val soltó el aire que no sabía que aún estaba conteniendo.

—Realmente no pretendo hacerte daño, Val… Es cierto que mis métodos pueden parecerte bruscos… Pero es hora de que hablemos con la verdad —dijo Mike, exhalando el humo.

Val tosió por el smog. Sabía que no podía seguir siendo tan testaruda desde su posición: la luna se había escondido, estaba amarrada, y pronto iba amanecer. Su instinto animal, que le nublaba la mente, también estaba desapareciendo también junto con la noche. Así que por primera vez, solo se limitó a asentir.

Mike se sorprendió un poco al ver que la chica estaba más receptiva que antes, y tras expulsar una segunda y más profunda bocanada de tabaco, cambió su discurso.

—Dijiste “las criaturas que protegen el bosque”. ¿Hay más como tú?

Una risa sin alegría, un sonido áspero y gutural, escapó de la garganta de la chica.

—Hay más como yo, ¿dices? ¿¡Quieres montar un maldito circo o qué!? —exclamó Val, sonando con una crueldad palpable.

Volvió a forcejear inútilmente contra las cuerdas, sus muñecas, ya en carne viva, ardían con un dolor familiar. Su mente, pese al cese paulatino de su instinto licántropo, jamás le permitiría entregar a los suyos. Si eso era lo que Mike quería, podían enterrarla ahí mismo en esa fría cueva, no diría nada.

—¿A cuántos crees que han matado ya?

Mike lo dijo, como si nada, como si estuviera conversando con un colega en la hora del almuerzo. Pero a Val le cayó como un balde de agua helada, sabía exactamente a lo que se refería.

—¿Acaso llevas la cuenta de cuántos pollos has comido? —respondió ella en voz baja.

Mike frunció levemente el ceño y se puso de pie. Se sacudió el polvo y dejó caer el remanente de su cigarrillo para aplastarlo con la suela de su zapato.

Luego se rascó la cabeza con una expresión complicada.

—Creo que tienes razón… pero eso es un problema, ¿sabes…?

Luego se puso las manos en las caderas y miró hacia el cielo. No hacia el techo de la caverna débilmente iluminada por un fuego improvisado. Miraba mucho más arriba. Su vista parecía traspasar aquel lugar y escapar hacia el firmamento mientras dudaba de si las decisiones que tomaría a continuación serían las correctas.

—Vamos a hacerlo bien esta vez. Te diré la verdad. Soy Michael Dymon y no, no soy un youtuber ni nada parecido. De hecho, trabajo para el Vaticano, estoy aquí porque en este bosque de forma sucesiva durante los últimos tres meses se han reportado once desapariciones y el avistamiento de seres que van más allá de la imaginación. La embajada se contactó con el Vaticano, que emitió una orden de caza tipo 2 solo para agentes de rango S. El correo me llegó hace veintiocho días, firmado por el cardenal Veriglio. Así es, se me asignó la misión de encontrar la amenaza y evaluarla.

Val no supo qué responder, balbuceó torpemente, pero su cuerpo delataba su sorpresa.

—Entiendo… No. Espera. No entiendo un carajo, no sé qué diablos es un Vaticano… de todos modos no puedo ayudarte mucho, Mike. Yo no he atacado nunca a humanos, ¡lo juro!

—Pero ¿y qué hay de todo el numerito de tu novio y los días sin comer que me dijiste cuando te encontré por primera vez? Rayos, ¡tú misma me atacaste!

—Pues en parte sí era cierto, Mike ¡llevaba dos días sin comer! Me independicé de mi manada hace unos meses, y al verte allí pensé que podría robarte algo de comida… ¡Había perdido la cuenta de cuándo saldría la luna llena! ¡Fue mi error! ¡Perdí la cabeza por mis instintos de lobo! ¡No los puedo controlar bien aún! No estoy acostumbrada a transformarme…

Val agachó la cabeza con amargura, finalmente lágrimas reales bajaban por sus mejillas.

—¿Y qué hay de tu manada?

—Es complicado… Nunca nos delataríamos entre nosotros. Sin embargo, mi hermano Razaak se convirtió en el nuevo líder de la manada, por eso me fui de allí. Él asesinó a mi madre y dejó a mi padre gravemente herido. Al menos yo no tengo nada que ver con las desapariciones humanas, pero la ley del más fuerte es así, Razaak es el líder ahora, el alfa.

—Una bestia que caza para alimentarse es solo parte de un ecosistema, pero una manada que lo hace por diversión… ya es otro cuento, Val.

—¡Lo sé, Mike! ¿Crees que me gusta todo esto? ¡Me ha marginado mi propia especie! Y ahora estoy débil y capturada por humanos. ¿Crees que soy feliz con esto?

Mike se apartó unos pasos y tomó su cuchilla clavada en el suelo, un último acto piadoso era lo que indicaba el manual de su orden. Sin embargo, el chico solo cortó la cuerda de Val y dio media vuelta.

—Siento haber sido tan brusco contigo. Eres libre.

Fue lo último que dijo antes de salir de aquel lugar.

Un silencio espeso y pesado cayó sobre Val, roto solo por el sonido de su propia respiración, entrecortada y áspera. La luz del amanecer, pálida y grisácea, se filtraba desde alguna rendija lejana, iluminando apenas el polvo que flotaba en el aire. No era cálida; era la luz fría de un nuevo día que llegaba a presenciar su deplorable estado.

Val suspiró y comenzó a desenrollarse la cuerda que la había mantenido imposibilitada. El mensaje era claro como el cristal: “no eres una amenaza para mí”. Un temblor incontrolable, que no era por el frío sino de pura frustración, sacudió su cuerpo desde las entrañas.

—Estoy haciendo todo mal… —se dijo para sí misma.

Sentía que finalmente había tocado fondo. El dolor en su nuca, las magulladuras de las ataduras en sus muñecas y tobillos, su desnudez… Al menos él le había dejado la tela para taparse parcialmente. Lo que en cierto modo hería aún más su orgullo. “¿Qué haría ahora? ¿Avisaba a sus hermanos que un depredador más grande iba por ellos? ¿A aquellos hermanos que le habían dado la espalda? No, ellos al menos, se lo merecían. Pero su padre no, él necesitaba saber…”

Se levantó a duras penas, un gemido se escapó de sus labios al sentir cómo la piel cruda se raspaba aún más contra las fibras ásperas. La cuerda cedió por completo y finalmente se soltó con un crujido seco. Su mano libre cayó pesadamente al suelo, los dedos entumecidos y doloridos volvían a teñirse con un hilo de sangre, punzantes pero libres. De forma torpe y temblorosa avanzó hacia la salida. Necesitaba limpiarse primero. Se apoyó en la roca fría y húmeda, la palma de la mano contra la superficie musgosa. Avanzó así, arrastrando los pies, alejándose del lugar. La luz del amanecer se hacía más fuerte, guiándola hacia la entrada. El aire se volvió menos viciado, más fresco. Al llegar al umbral, se detuvo, entrecerrando los ojos contra la luz grisácea que se filtraba entre los árboles. El bosque exterior parecía irreal, silencioso e indiferente a su dolor.

—Él se fue por aquí —murmuró. Sus ojos escudriñaban el suelo blando fuera de la cueva. Había huellas. Grandes, profundas, que se alejaban del claro. Las siguió con la mirada hasta donde se perdían entre la maleza. ¿Habría ido por el resto de los suyos? ¿O se habría retirado por refuerzos? Inspiró hondo, el aire limpio del bosque le llenó los pulmones, limpiando un poco el hedor que llevaba encima. Necesitaba limpiarse, miró en dirección opuesta de las huellas, hacia territorio más profundo, donde sabía que había agua. “Primero el río”, decidió, luego el resto.

Mike, por su parte, fue a recoger lo que quedaba de su equipo: las cámaras instaladas y las cosas del campamento. De vuelta pasó por el claro incendiado, el círculo de fuego extinto marcaba el lugar de la lucha de la noche anterior. Nada había sido exactamente como lo había planeado, lo que como agente de élite le dejaba un amargo sabor de boca. No pudo eliminar a la chica, no porque no fuera capaz de hacerlo físicamente, había algo en ella que no le permitía cerrar la historia del todo. Sus últimas palabras fueron sinceras, podía notarlo. De todas formas, pensaba en retirarse por ahora y dejar que un escuadrón se encargara del asunto, si había un alfa involucrado la situación ya se escapaba de sus manos. Así que guardó todo y fue por la última cámara que estaba escondida cerca del arroyo.

Val se enjuagaba el cuerpo magullado con el agua helada, un escalofrío violento recorrió su espina dorsal al sumergirse hasta la cintura. No era el refrescante alivio que había imaginado. Era más bien un shock, un castigo gélido que le mordió la piel y le hizo contener la respiración. El agua clara y rápida fluía alrededor de sus piernas, arrastrando consigo hojas pequeñas y destellos de luz solar filtrada. Se llevó las manos al rostro, frotándose los ojos, la boca, la nariz. Quería arrancarse la capa de mugre invisible que sentía adherida, el olor a la cueva, al sudor… Luego bajó la mirada. El agua alrededor de sus caderas se enturbió ligeramente. Pequeñas espirales marrones y blanquecinas se desprendían de su piel y eran arrastradas por la corriente. Era la tierra y sangre seca. Metió ambas manos y comenzó a frotarse, asegurándose de que no quedara nada. Se sumergió rápidamente y se elevó renovada, el agua le chorreaba por el torso, por los pechos. El aire del bosque, más cálido que el agua, le tocó la piel mojada y le produjo un nuevo escalofrío. Se sentía expuesta, vulnerable allí desnuda a la luz del día. Sus ojos secos y ardientes escudriñaron la línea de árboles en la orilla opuesta, luego la espesura detrás de ella. Había una silueta reconocible allí.

—¿Qué miras tanto, Mike? ¿Te gusta lo que ves? ¿O vienes a terminar el trabajo? —preguntó, con su voz apenas más alta que el sonido del agua.

Él no dijo nada, solo dejó sus cosas en el suelo.

Val, sin darle importancia, comenzó a salir lentamente del agua, tiritando por el frío que comenzaba a calarle los huesos.

—¿Qué quieres? —logró escupir. Pero su voz no fue el grito desafiante que había imaginado. Salió áspera, rasgada, apenas un susurro cargado de frustración que casi ahogó el agua.

Su mirada escudriñó la figura entre los árboles, buscando un arma, pero la luz filtrada por el dosel era traicionera, creando sombras en su rostro. No podía distinguir su expresión con claridad. Solo la silueta, la postura erguida y la quietud absoluta era más amenazante que cualquier movimiento. El instinto le gritaba que se cubriera, el orgullo le decía lo contrario. Si se había arrepentido y había venido a terminar, no había mucho que pudiera hacer. Sin embargo, él seguía inmóvil. Cada segundo parecía una eternidad, el bosque entero a su alrededor pareció contener la respiración.

—Solo vine a recoger una cámara que dejé en el árbol de allá —dijo finalmente Mike.

Val volteó a ver el sitio señalado, efectivamente había una cámara escondida entre las ramas. Terminó de salir del agua y Mike, quitándose las botas y llevando su equipaje sobre su cabeza, cruzó rápidamente el arroyo.

Luego dejó sus cosas en el suelo y escarbó entre ellas.

—Ten —le dijo, extendiéndole una toalla y un poco de ropa—. Es mejor que nada.

Val no alcanzó a responder, Mike tomó sus cosas, su cámara y se perdió hacia el interior del bosque rápidamente.

—Estás enfermo, ¿por qué ayudas a un monstruo como yo? —susurró mientras recogía la toalla para secarse y ponerse algo de ropa.

—Val.

Una voz familiar la hizo girar.

—Sentí el aroma de un humano ¿había alguien más contigo?

Puntuación: 5 de 5.

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