Capítulo 8
16/10/2026
Fiesta de despedida
Mike, que había vuelto cabizbajo hacia la camioneta pensando qué excusa daría para justificar el fallo de su misión, llevaba una sonrisa esculpida en el rostro de la que no se percató hasta que vio su propio reflejo en la ventana del vehículo.
—¿Qué haces, Michael? Esto es grave… —se reprochó en voz alta. Pero en el fondo sabía que no podía quitarse de la mente la silueta de Val bañándose junto al arroyo.
—El Vaticano me amonestará… estoy seguro.
Con un fuerte resoplido se dejó caer sentado sobre una gran roca junto a la camioneta. Sacó un cigarro y lo prendió.

—Si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias, esto habría sido muy diferente… —pensó en voz alta—, pero, como cazador, debía cumplir una misión, y ni siquiera pude conseguir información clara. ¡Vaya espíritu el de la chica! Val es increíble…
—Gracias por el cumplido… supongo.

Tras el follaje que se agitó brevemente apareció la figura de Val, vestida con ropas que antes eran de Mike.
El chico se puso de pie de un salto. El cigarrillo se le escapó de los labios y cayó al suelo chisporroteando sobre la tierra húmeda. Su mano derecha se posó instintivamente sobre la parte baja de su espalda, donde debía reposar el peso de su arma. Sin embargo, se detuvo en seco al percatarse de que se trataba de Val. Su cabello aún húmedo se pegaba a su cuello y hombros en mechones desordenados. Tenía los pies desnudos y algo arañados por la maleza. Pero fueron sus ojos los que le hicieron contener el aliento. No había miedo, ni el shock vidrioso de antes. Su mirada clamaba urgencia con una intensidad tan abrumadora que parecía cambiar la temperatura del aire.
Ella había alcanzado a oírle, la verdad dicha en voz alta por su propia boca.
—Val… —logró decir, con una voz ahogada por la sorpresa.
Ella no respondió; solo seguía allí plantada a escasos metros de distancia, respirando con una cadencia profunda y controlada. En sus manos vacías se veía la tensión de sus puños apretados.
La mente de Mike, entrenada para evaluar amenazas, le abría una ventana de alarma, como el spam en un navegador, avisando que algo andaba mal.
“Distancia de diez metros, cubierta: árboles a sus espaldas, camioneta a su izquierda. Armas: ninguna a la vista. Estado del objetivo: heridas leves, debilitada”.
—¡Idiota! ¿Por qué hablaste? —le reprochó la chica.
De pronto, otro crujido cerca. Mike lo entendió todo: no estaban solos…
—Val… No tenías por qué venir a devolverme la toalla —dijo Mike para rellenar, para distraer. En el fondo, su cerebro estaba contando los pasos y calculando las distancias a toda velocidad, alerta bajo la premisa de su sospecha: se encontraba rodeado.
—…¿Devolverte la toalla?
Val no se movió, no parpadeó. La expresión en su rostro no cambió en absoluto. No hubo un destello de ironía, ni de rabia por la estupidez de su comentario. Solo aquella fijeza absoluta, aquel fuego frío y comprensivo que parecía atravesarlo y ver más allá, hasta los cimientos de sus deleznables excusas.
Mike sintió cómo la sequedad le agarrotaba la garganta. Podía saborear el regusto amargo del tabaco y la adrenalina. Sus manos, colgando inertes a los costados, se cerraron lentamente en puños, con las uñas clavándose en las palmas. Cada instinto entrenado le gritaba que se preparara o que buscara una salida. Pero sus pies seguían clavados al suelo. Intentó tragar, pero su boca estaba demasiado seca. Los músculos de su mandíbula se tensaron. ¿Qué podía decir ahora? ¿Podía negarlo? ¿Podía intentar explicar las órdenes, la misión?
—No, claro que no… para esta cantidad de gente… supongo que es una fiesta de despedida, ¿eh? —dijo finalmente Mike, mirando de reojo hacia los costados, a la espesura de la hierba.
—¿Gente? Jajajaja, nunca nos habían descrito de esa manera… —dijo un tipo robusto y enorme que salió de la penumbra.
—Pero el tipo es bueno, nos ha detectado, hermano… —exclamó entre risas uno más pequeño y viejo. Era delgado y de facciones afiladas.
Ambos vestían ropas gastadas, como las de cualquier vagabundo con el que uno se toparía en las calles.

—Razaak, supongo… —dijo Mike mirando al más grande.
—¡Vaya! ¿Cómo es que un simple campista sabe mi nombre? —preguntó el hombre grande que llevaba una barba de unos cuantos días y una camisa roja a cuadros—. A no ser, claro, que no seas solo un campista perdido como nos hizo creer Val…
Razaak miró con furia a su hermana, Val le había ocultado la verdad. Por capricho le había dicho a su hermano que Mike era solo un tipo que iba de pasada y que se había perdido acampando. Pero fue el mismo Mike quien se delató al hablar en voz alta junto a la camioneta.
Val agachó la cabeza, sabía que le tocaría una dura reprimenda por sus actos. Después de todo, en su jerarquía, Razaak podía disponer de los miembros del bosque como quisiera, y lo que era peor, hacer con ellos lo que se le antojara. Así que protestar podía ser aún peor.
Razaak se acercó a Mike. Ahora que conocía la verdad de su naturaleza, lo miraba con curiosidad, como si estuviera evaluando cada palabra, cada gesto, como la mirada de un cartógrafo trazando el terreno enemigo.

—El Vaticano, ¿eh? No sé qué putas sea eso, pero no suena lindo. Garly, trae al viejo —ordenó.
Inmediatamente el otro sujeto agachó la cabeza y obedeció, desapareciendo entre la hierba.
El tal Razaak, de pie frente a Mike, le sacaba por lo menos un pie de diferencia en altura. Y con una sonrisa burlona apuntó hacia el cielo.
—La luna de hoy va a estar lo suficientemente grande como para permitirnos transformarnos, ¿sabías?
—Sí, lo sé —dijo Mike a secas.
—Excelente, excelente. No sé si eres muy valiente… o muy ESTÚPIDO.
—Ambas —añadió Val con un leve carraspeo.
Razaak desvió ligeramente la vista, y su sonrisa se transformó en una mueca de desagrado. Luego, con el dedo índice, le dio unos golpecitos en el pecho a Mike.
—Oye, campista, ¿por qué no me dices tu nombre?
—Soy Mike. Lamentablemente, no puedo decir que sea un gusto.
Razaak rio.
—Dime, Mike, ¿qué hace un perro del Vaticano husmeando en mi bosque?
—Durante los últimos tres meses se han reportado once desapariciones y el avistamiento de seres que van más allá de la imaginación. La embajada se contactó con el Vaticano, que emitió una orden de caza tipo 2 solo para agentes de rango S. El correo me llegó hace veintiocho días, firmado por el cardenal Veri…
Razaak tapó la boca de Mike y lo elevó en el aire con su gran fuerza. Los pies de Mike se sacudieron en el aire mientras intentaba zafarse inútilmente con las manos.

—Bla, bla, bla, eso no es lo que quería escuchar. Solo dime una cosa —dijo Razaak en tono amenazante y luego arrojó a Mike al suelo.
—¿Vienes por los míos? ¿Sí o no?
Las palabras de Razaak se asentaron en el aire como polvo después de una explosión. Val no movió ni un músculo. Dentro de ella todo se reorganizaba a una velocidad abismal.
Once. No eran solo números; eran vidas humanas. ¿Era Razaak acaso el causante de todo? El bosque susurraba historias que ella nunca había querido escuchar del todo. ¿El Vaticano? Le sonaba a institución. ¿Su padre lo mencionó alguna vez? No lograba recordarlo del todo, pero si tenían un ejército de tipos como Mike, pues sí sonaba a problemas.
Miró a Mike de reojo. Ya no veía al youtuber atractivo y molesto. No veía al tipo que quería cazar bajo la luna llena. Veía un instrumento. Un brazo ejecutor de una voluntad lejana y temible. Un perro bien entrenado que acababa de admitir que su mordida no había sido suficiente.
Sus labios se separaron. Su voz salió, pero no era la suya. Era plana, desprovista del temblor que sentía en sus rodillas.
—¿Tienes que ver con las desapariciones o no? —respondió Mike desafiante, con otra pregunta.
Razaak se acarició el mentón dubitativo.

—¿Once desapariciones dices? Naaa, ya van como veinte —respondió.
El monstruo con apariencia humana mostró sus afilados y amarillentos dientes en una malévola sonrisa.

Val se tapó la boca, ahogando un sonido de sorpresa.
—Ya veo… —dijo Mike, poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo. Hizo una pausa. El aire entraba y salía de sus pulmones con una regularidad mecánica.
—Entonces sí. Mi respuesta es sí, Razaak.
La palabra golpeó el aire entre ellos con la crudeza de un golpe. Val sintió un espasmo involuntario en el vientre. Los ojos de Mike se desviaron hacia ella. No había arrepentimiento en ellos ahora. Había una rigurosidad profesional, casi clínica. Como si estuviera registrando su reacción para un informe posterior.
Val lo miró. Vio la línea tensa de sus hombros, la firmeza forzada en su mandíbula. Estaba reconstruyendo los hechos, examinándolos, estudiando sus posibilidades. Tras enfrentarlo una vez podía entender un poco cómo funcionaba la mente de Mike.
En ese momento, entre la hierba volvió a aparecer aquel sujeto que se había marchado unos minutos antes. Junto a él traía a un hombre mayor, robusto, con una enorme cicatriz sobre su ojo derecho.

—Justo a tiempo, padre… Dime, viejo, ¿qué es un Vaticano?
—Problemas —respondió en seco el hombre mayor.
—Pues entonces está decidido. Val, ¡elimínalo! Y tal vez me replantee tu reintegración a la manada como mi concubina. Niégate, y el viejo pagará las consecuencias.
Garly, el hombre lobo escuálido, sacó una cuchilla y la colocó amenazadoramente en el costado del viejo Jack (el padre de Razaak y Val), mientras reía con vileza.
Razaak igualmente sacó una cuchilla y la arrojó al suelo, clavándola a los pies de Val.
A la chica no le quedó más opción que obedecer. De forma mecánica recogió el metal y lo empuñó temblorosamente entre sus manos.

Mike corrió y se subió a la camioneta a toda velocidad, intentando encender el motor desesperadamente.
La máquina ronroneó con una vibración familiar que le recorrió el cuerpo a través del asiento. Un sonido mecánico, predecible, tan distinto del ajetreo y los golpes del exterior contra las ventanas. Mike apretó las manos contra el volante. El plástico estaba frío. A través del parabrisas sucio, el camino estaba a la vista. Sintió un alivio profundo, casi físico, que se extendió por sus hombros, seguido de una punzada de algo más agudo, más incómodo. Algo parecido a la culpa. No podía permitirse eso. No podía dejar a Val a merced de ese tirano.
La frase resonó en su cabeza, clara y estúpida. No la había dejado ir. Había fallado en eliminarla. Había fallado en obtener información útil. No había logrado ejecutar el protocolo de interrogatorio hasta sus últimas consecuencias y, como resultado, lo único que había obtenido era la certeza de cuán resistente y ferviente era el espíritu de esa chica.
Miró hacia el asiento del pasajero. Allí estaba su mochila, con el equipo estándar: cámaras de vigilancia no utilizadas, grabadoras de audio, el kit de extracción de muestras biológicas. Todo inútil. Más abajo, semioculta, la funda rígida del arma sacramental que no había desenvainado. Había considerado usarla, al final. Cuando ella lo miraba con esos ojos que parecían entender demasiado. Pero algo lo había detenido. ¿Debilidad? ¿O el reconocimiento instintivo de su espíritu de lucha? Solo tenía clara una cosa: “no la podía dejar allí, no así”. El día se estaba agotando, y el cielo comenzaba a teñirse con tintes naranjas. Había gastado buena parte del día en recoger sus cosas y desmontar el campamento. Ahora, si no escapaba, no solo tendría que luchar contra cuatro sujetos; tendría que hacerlo contra una cuadrilla de hombres lobos.
“¿Podría el Vaticano destituirme?”, pensó por un segundo. El cardenal Veriglio no era conocido por su misericordia precisamente. Un agente de rango S, asignado a una caza tipo 2, regresando con las manos vacías y una historia sobre cómo la amenaza se había esfumado en el bosque después de una emboscada… Sonaría a excusa. A incompetencia. O a algo peor.
Encendió los faros. Dos haces de luz cortaron la penumbra creciente, iluminando el sendero de tierra por donde había llegado. El camino a casa. Puso la mano en la palanca de cambios y dudó. Su mente volvía a la imagen de ella, a los tormentos que debería afrontar si escapaba. De pronto, un vidrio se rompió: uno de sus atacantes había logrado traspasar el cristal. Así que aceleró. Solo aceleró intentando alejarse de allí. No miró hacia atrás, pisó el acelerador y las ruedas mordieron la tierra blanda, arrojando arcilla y gravilla a su paso. La camioneta se adentró en el túnel de árboles, alejándose del claro, de los hombres lobos.

En el espejo retrovisor, el bosque se tragó rápidamente el último fragmento de luz del claro. Luego solo hubo oscuridad, el traqueteo del chasis sobre el camino irregular, y el zumbido constante del motor, llenando el silencio que él mismo había creado. De pronto se escuchó un estallido familiar. Tremendamente inoportuno. Él sabía perfectamente lo que significaba: tras andar solo unos metros, antes incluso de poder salir del bosque, la camioneta había pinchado.
El sonido fue un estallido seco y violento, seguido de un golpe sordo que sacudió todo el chasis. El volante se torció bruscamente en sus manos, tirando hacia la derecha. Mike pisó el freno instintivamente, las ruedas patinaron sobre la grava suelta antes de que la camioneta se detuviera con el golpe final, estrellándose contra unos gruesos árboles.
Ya se había oscurecido y la luna, casi completamente llena, iluminaba la noche.

—Puta madre, lo que me faltaba.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el tic-tac del motor al enfriarse y el leve silbido del aire escapando de la llanta delantera derecha.
Apagó el motor. El zumbido familiar cesó, sumergiéndolo en un silencio boscoso que pareció expandirse instantáneamente, llenando el espacio que antes ocupaba el ruido mecánico. La luz de la luna casi completamente llena, pálida y fría, se filtraba a través del parabrisas polvoriento, iluminando el vapor de su aliento en el aire frío de la cabina.
Miró por la ventanilla. La llanta delantera derecha era un bulto desinflado y lacio. Había reventado contra algo afilado, una roca oculta o quizás un trozo de rama gruesa. En el camino de tierra, a la luz de la luna, todo parecía hostil y traicionero.
Suspiró, frotándose los ojos con el pulgar y el índice. El olor a caucho reventado y tierra caliente empezaba a filtrarse en la cabina. Tenía la rueda de repuesto. Tenía la gata hidráulica y las herramientas. Podía cambiarla. Pero no lo lograría, no antes de que lo alcanzaran los demás. Era una tarea de veinte minutos, treinta como máximo. Pero la idea de salir de ahí, bajo esa luna que lo exponía, de arrodillarse junto al vehículo en plena oscuridad… le producía una desazón profunda, visceral.
Miró por el espejo retrovisor. El camino serpenteante por el que había venido estaba vacío, bañado en tonos de gris y azul oscuro. Más allá, en la dirección del claro, solo oscuridad y la silueta densa de los árboles.
Val y los suyos estaban allí, en alguna parte. ¿Habrían oído el reventón? ¿Lo estaban siguiendo? El sonido de seguro habría viajado lejos en el aire tranquilo de la noche. A lo lejos se escuchó un aullido. Luego otro mucho más cercano. La maleza comenzó a sonar, como si corrieran en círculos alrededor.
Un nuevo crujido, más cercano, a su izquierda. Giró la cabeza lentamente. Entre los troncos, algo oscuro y bajo se deslizó de una sombra a otra. No pudo distinguir la forma, solo una impresión de movimiento fluido y antinatural.
Razaak y los suyos estaban cazando. Él era la presa esta vez. En cuestión de segundos, una enorme garra se clavó en la puerta de la camioneta, arrancándola de un solo jalón.

Sin embargo, Mike ya no estaba allí, al menos no en su interior.

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